30.9.06

Un pensamiento.

Las prisas me hacían correr por entre las calles de la ciudad. En mi mente se agolpaban ordenándose todo aquello que debía hacer para sintetizarlo en la realidad del reloj del tiempo. Mis pasos acelerados desgastaban una vez más las baldosas viejas de estas mismas aceras de mi ciudad. La mente pensaba y el cuerpo, como autómata costumbrista, se movía ligero entre la gente, desdoblando esquinas, cruzando pasos de peatones y eligiendo una ruta establecida por la monotonía.

En la plaza ajardinada la gente transitaba. Los juegos infantiles estaban llenos de niños que subían y bajaban por las cuerdas, utilizaban los toboganes y buscaban la atención de los padres que esperaban controlando cada movimiento de sus pequeños a unos pasos de distancia.

Entonces la vi. Sentada en el banco de madera, con su chaqueta granate de entretiempo, agarrando cerca de su pecho una barra de pan seguramente todavía caliente. Me fijé en su rostro. Tenía una edad en la que el conteo se había perdido pero sus labios estaban encarnados de un rojo pintado; sus mejillas relucían sonrosadas y sus ojos brillaban escudriñando los juegos de los niños, la paciente espera de los padres y el ir y venir de la gente.

Ella, esta viejecita misteriosa, estaba dulcemente sentada en el banco de la plaza. Sus labios transmitían una ligera sonrisa giocondina; su pelo firme de un pulcro y esmero cuidado coloreaba de un blanco canoso su frente como corona la nieve lo alto de la cima de la montaña; su expresión dulce y casi cariñosa curioseaba el ambiente del tiempo que se movía a su alrededor.

Mi camino frenético de prisa me enfilaba a acercarme y pasar a su lado; y por un segundo sentí que me miraba.

Había pasado una vida.

Se agarraba a esos segundos de existencia como lo hacía con la barra de pan aún caliente que tenía entre sus manos.

Tal vez comería sola en casa aquella comida preparada para dos días, porque los años le habían hecho aprender a cocinar para dos y ahora en su viudedad le faltaba su segundo comensal; tal vez acudiría a casa de unos hijos que tras una mañana de trabajo llegarían con el tiempo justo a mediodía; tal vez, así saludaría a los nietos que juguetones, como aquellos niños del parque infantil, disfrutaban de los cuentos de la abuela…

Tal vez…

Pero en este segundo de la historia eterna ahí estaba, con su chaqueta roja de entretiempo, con las mejillas sonrosadas y los labios pintados, con su pelo canoso y meticulosamente peinado, con su mirada transparente y llena de historias; con esos ojos que se posaban ligeramente por entre los viandantes.

Pasé casi junto a ella y giré una esquina más de mi mañana.

Pero en mi mente, que había organizado mi vida para ese día, hubo un pensamiento para ella.

¡Qué relativo es el valor del tiempo! ¡Qué relativo es cada segundo, cada minuto, cada hora!

Yo, tal vez no llegase a hacer todo lo planificado. Llegaré tarde a casa. Y esta tierna señora, ya entrada en años, se levantará de su banco de madera y seguirá su rutina.
Nunca más nos cruzaremos. El reloj del tiempo marcará para cada uno su final. Y tal vez la muerte llame próximamente a su puerta. Y nunca sabrá, que en esta mañana de septiembre, alguien la miró, se fijó, pensó en ella y hasta puso en palabras esos pensamientos.

27.9.06

La luna.

De niño la luna me parecía un sol ingenioso; un sol misterioso que crecía y decrecía cada noche.

Su resplandor blanco insinuaba sus manchas azules y se disfrutaba en el manto estrellado de las noches de verano. No deslumbraba en poder, sino en belleza y sobre todo en magia.

¿Cómo saber si la luna era creciente o decreciente?

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. “Cuando en el cielo ves escrita una “C” es porque está decreciendo; y cuando en el cielo la ves como una “D” es porque está creciendo paso a paso hasta llegar a ser luna llena”.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron.

Pero hoy, de mayor, pasadas ya tantas lunas en el cielo de mi vida, vuelvo mis ojos hacia ese astro mágico. Pienso que es el contraste del firmamento.

Es capaz de ocultar el titubeo de las estrellas a su alrededor y sin embargo no tiene luz, sino que es un simple espejo del poder de un sol inexistente.

Es capaz de embrujar las noches cuando alguna nube inquieta se pasea ante su ojo blanco de un cristal tenuemente azulado.

Es inmensa y roja en noches especiales que irradian sueños de ilusiones y pasiones.

Es tremendamente ligera cuando casi es un borde finamente curvado nacido del compás fijado en el otro extremo del firmamento.

No hay cosa más inquietante que una luna llena, inmensa, bucólica, radiante y sonriente en el mar de estrellas que la acompañan en una noche clara.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. Y sin embargo hoy la reconozco como la verdad más evidente. No hay verdad más sincera que una luna nueva.

La luna nueva existe y no se ve; no ilumina pero colapsa el tiempo. La luna nueva está llena y vacía.

Llena de vida en potencia, de algo que comienza a nacer y a crecer. Llena de sencillez, de humildad, de riqueza oculta en el fondo de un corazón.

Vacía de resplandor, de alegría, de poder. Vacía de gloria y esplendor. Vacía de vanidad. Vacía de superficialidad e incongruencia.

La luna nueva es pura.

La luna nueva es el guiño de un ojo azul brillante que para saludarte desaparece momentáneamente tras el párpado de una mirada.

La luna nueva es la verdad.

De niño me asombraba una luna llena de inmensas tonalidades blancas. De niño me asustaba la “mentira” de una luna que crecía y decrecía casi por antojo.

Hoy, de grande, siento un asombro mayor, al buscar y no encontrar en el firmamento estrellado de una noche clara, una luna nueva. Y sin embargo ahí está, en su radiante verdad que ilumina mi alma y mi corazón.

Luna nueva; verdad que ciega con su luz inexistente mis ojos en esta noche de suspiros hondos hasta hacerme creer que lo que vale es aquello que nace desde la nada de esta luna nueva, muy nueva; tan nueva que es nada y a la vez lo es todo.

22.9.06

El tren de mi vida.

Hoy quiero escribir.

En otro relato hablé del bolígrafo que mancha con palabras el papel blanco de la vida. Hoy quiero escribir; y no es casualidad esta primera pincelada, esta primera palabra que ha trazado el blanco del papel de este momento.

Hoy.

Hoy hablaré de trenes; de viajes; de destinos; de llantos de despedidas; de abrazos de bienvenidas; de ilusiones…

Sentado en el banco leñoso de una estación cada vez más en desuso he visto pasar varios trenes de mercancías. Trenes cargados de bobinas, coches, materiales varios que recorren las distancias sin frenarse ante los ojos de los viajeros y sin llevar en sus vagones corazones que laten en sentimientos.

Pasa un tren veloz. Ahora lo llaman de “alta velocidad”. Es el futuro, según pregonan los diarios, y acortan las distancias entre las ciudades. Una vez he viajado en uno de ellos desde la madrileña Atocha hasta Córdoba la bella. No sientes la velocidad. El paisaje se desdibuja cual cuadro impresionista visto desde la cercanía de dos pasos. Y en un girar las agujas de mi reloj estaba ya pisando la andaluza Córdoba y olvidando la Madrid capitalina. Pasas por estaciones sin nombre; sientes bajo tus pies sutiles cambios de agujas, pero el vuelo es más rápido que las sensaciones.

He viajado de crío en aquel tren nocturno que venía desde el lejano París (vía Hendaya) y que se detenía pesadumbroso en mi estación a las puertas de Castilla. Recuerdo que sus vagones caminaban lentos hacia una tierra donde se estaba poniendo el sol y después todo era oscuridad. Oscuridad jalonada por luces que en la planicie castellana marcaban pueblos que como en una constelación jalonaban la meseta. Los cambios de aguja eran bruscos y el tren se detenía en poblaciones de nombres conocidos: Miranda, Briviesca, Burgos, Venta de Baños, Palencia, León, Astorga, Ponferrada…

Nacía un nuevo día junto al Sil y después el Miño. Llegaba Orense y los cien kilómetros escasos que separaban la capital orensana de Vigo se detenían en el tiempo. El tren cruzaba montes, rasgando perfiles de árboles que caían hacia un Miño tras el que reconocía Portugal. Veía vacas pastando en montañas escarpadas; gente que cruzaba caminos; ancianas enlutadas con grandes haces de mieses sobre sus cabezas…

El amanecer se tornaba en medio día y Redondela, como puerta a las Rías Bajas y a la ciudad de Vigo era mi destino.

Yo, el que escribe en metáforas, el que siempre aparca un pensamiento oculto tras las palabras, el niño mayor al que le gusta jugar al escondite, voy a desvelar mi intención al hablar precisamente hoy de estos trenes.

Lo he titulado el tren de mi vida; porque creo que la vida es como un viaje en tren. Puedes coger el tren de alta velocidad y dirigirte veloz a tu destino. Cruzas rápido el horizonte sin percibir lo que hay en medio y llegas puntual a la meta, tal vez incluso antes de tiempo. Pero mi sensación en ese caso es que al bajar las escaleras de ese tren me digo: “y ahora, ¿qué?”

Mis viajes en el lento tren destino Galicia, eran viajes de sueños; de atardeceres hacia los que caminaba; de noches estrelladas; de islas de luz en una meseta apagada; de cambios de agujas que me hacían bailar con su sonido peculiar y difícilmente imborrable de la memoria; de amaneceres nuevos; de ríos que se juntan; de orillas que se saludan; de bosques que te inundan; de rías que se convierten en mares eternos.

La vida no es una carrera veloz hacia un destino; es más bien un viaje lento donde se disfruta del paisaje; donde las estaciones intermedias tienen su sentido; donde cada latido es importante en un cambio de agujas en las vías del destino. Hay que vivir viajando y mirando por la ventana; y gozando del verde de los prados, del amarillo del trigo castellano; del azul de un río que tranquilo avanza hacia su final; y de unos árboles que acarician sus aguas. La vida no es un destino a alcanzar rápido y veloz en el estrés del tiempo; no es una cuenta atrás. La vida es el deleite de un segundo lento que golpea cariñoso cada una de las traviesas que sujetan los raíles paralelos que acarician las ruedas de nuestro tren elegido. Vida llena de anhelos, de sueños, de ilusiones y de realidades que sólo descubrimos al estar conscientemente sentados en nuestro, tal vez incómodo, sillón del compartimento, alzando la mirada de nuestra alma y asomándonos sorprendidos a la ventana del tren en el que vivimos.

19.9.06

Hoy era mañana.

Después de escribir el nanorrelato anterior recibí un mensaje en mi teléfono móvil que decía algo así como:

“Hoy” he leído tu nanorrelato número 69 y te quería dar las gracias Jorge porque me ha llenado. Aunque sé que “ayer” no existe, el otro día te ví un poco “ploff” y me quedé preocupado. Si te sirve de algo, te quería decir que me gustaría tomarme un café contigo “mañana” o cuando sea. Ya sé que me dirás que “mañana” tampoco existe…”

Os cuento este mensaje personal por un detalle. Lo recibí a las 23:59 minutos del “hoy” del nanorrelato 69 y no me pareció casualidad.

Fue un relámpago y se me iluminó, como con un rayo, mi alma.

En un minuto más el “hoy” del que hablaba en el nanorrelato 69 dejaba de existir y se convertía en ayer.

En un minuto más el “mañana” que no existía se convertía en un nuevo “hoy”.

Eran las doce de la noche. Era la línea de tránsito entre lo que es y pasa a ser lo que fue, y lo que no es y pasa a ser lo que es.

Hoy es un nuevo hoy; tal vez parecido al de ayer, pero sutilmente nuevo.
Hoy soy yo; y yo soy hoy. Hoy no me llamo Jorge, me llamo Hoy. Pero con la convicción de que ese hoy es algo distinto y Jorge, gracias a los cimientos del ayer, de la suma de muchos hoy que han sido vividos, sigue siendo el mismo.

18.9.06

Hoy.

Me gustaría escribir un cuento de princesas, de zapatos perdidos y reencontrados, de casas de chocolate y caperuzas rojas que recogen bayas en los bosques idílicos de Europa.

Me gustaría escribir un cuento de finales de boda y “vivieron felices y comieron perdices”; de alegrías de reencuentros; de besos apasionados; de Marco encontrando a su madre y de Heidi recorriendo curiosa las altas praderas de los Alpes.

Me gustaría contar las estrellas, y sentir el guiño de cada una de ellas.

Me gustaría abrir mi ventana hacia fuera y sentirme deslumbrado por ese sol maravilloso que cruza el horizonte.

Me gustaría ver las hojas que caen en este cada vez más cercano otoño y sentir la orquesta del viento que mece en la espesura de estos bosques cercanos.

Me gustaría sentir en mi cara esa pequeña lluvia pertinaz que deja en mi rostro la neblina en una noche blanca adelantada.

Me gustaría sentarme en Gaztelugatxe y contemplar el mar, y sentir su frescor salado en mi mejilla y gozar con el ruido de unas olas que chocan con el acantilado. Me gustaría ver el horizonte y pintar en mi alma los rayos rojos de ese sol de atardecer.

Me gustaría pisar Roma y gozar con el aire nostálgico de la ciudad eterna. Me gustaría saborear Firenze y ver junto con el sol del ocaso ese Ponte Vecchio duplicado en reflejos en las tranquilas aguas del Arno.

Me gustaría soñar. Me gustaría vivir de ilusiones. Me gustaría escuchar el sonido cantarín de un pájaro posado en el árbol que me cobija. Me gustaría sentir crecer ese árbol de mi vida. Me gustaría ser ese árbol; vivir y sentir la savia en mis venas; y emocionarme con el canto del pájaro de mis ilusiones posado en mis ramas.

Me gustaría que mis ojos brillasen. Me gustaría sonreír. Me gustaría llorar de alegría. Me gustaría sentirme inmensamente feliz y pensar en el mañana.

Me gustaría…

Y hoy; hoy es eterno. Hoy es lo único. Hoy es el segundo fijo en el reloj que marca mi ritmo. No existe ayer. No existe mañana. Sólo hoy.

Hoy me llena y me vacía. Hoy me inunda y me remueve. Hoy me tiende su mano y me abandona.

Hoy no suspiro, simplemente respiro. Hoy no hablo ni canto, simplemente musito. Hoy no me emociono, sólo tiemblo tiritando. Hoy no razono, tan sólo pienso.

Hoy esta aquí, en todas partes, en toda soledad y todo acompañamiento.


Me gustaría poder hablar de tantas cosas… y sin embargo parece que mi diccionario mental ha desaparecido y lo abra por donde lo abra aparece siempre la misma palabra: Hoy.


Hoy soy yo; y yo soy hoy. Hoy no me llamo jorge, me llamo Hoy.

3.9.06

El reloj de mi abuelo.

Cuenta la historia familiar que fue una herencia que recibió mi abuelo. Ya por entonces el reloj era viejo. Ha acompañado con su sonido la infancia de la generación de mi padre reposando en una de las paredes de la casa del pueblo.

De estrecho y esbelto cuerpo; su maquinaria descansa en una ancha cabeza que casi llega al techo. Su madera barnizada brilla aún en el esplendor de los años. Tras el cristal una esfera blanca numerada en romano es circundada por un dorado de hojalata que me recuerda al trigo maduro de estos campos de Castilla. En su interior cuelgan dos pesas que son izadas nuevamente cada dos días y que lentas se descuelgan gastando los segundos, los minutos y las horas.

Este reloj ha vivido los años de nuestra historia y tras la guerra fueron colgadas de cada una de las pesas dos balas de cañón tal vez abandonadas en los crueles campos de batalla. Hoy eran innecesarias y han vuelto a desaparecer del cuerpo de este antiguo reloj.

Viajó a Vitoria para marcar los últimos años de vida de mis abuelos y en el pasillo resonaba su tic-tac incesante. Recuerdo esas noches de cena con mis abuelos donde probaba las manzanas asadas; la leche condensada transformada en dulce de leche; y en las que miraba asombrado el balanceo del péndulo, oía su latido y las campanadas repetidas que nacían de su interior.

Murió una generación y con mi abuelo el reloj se detuvo. Durante años reposó silencioso y mudo en la pared del pasillo de ese piso de ciudad. Inerte esperó en el olvido. Un reloj no es un reloj si no se mece en el tiempo; si no siente el bamboleo a cada segundo; si no entona las “medias” y no canta su melodía a las “enteras” de cada hora.

Unas reformas en el piso de mis abuelos posibilitaron su vuelta a tierras castellanas, a aquella pared de donde había salido. Y me pregunté: ¿por qué no empujarle a andar?

El reloj perezoso tras el descanso de años en silencio andaba titubeante durante unos minutos pero finalmente moría otra vez en la quietud. Poco a poco la paciencia hizo que sus primeros cinco minutos se convirtiesen en veinte y después en una hora. Era como un niño que inquieto e incierto recomenzaba a dar sus primeros pasos.

Más difícil fue equilibrarlo en el tiempo y hacer que un segundo fuese precisamente un segundo; un minuto, un minuto; y una hora fuese una hora. Los retrasos y adelantos tenían que equilibrarse en el justo tiempo donde como decía Aristóteles está la virtud.

Ha vuelto a ser un reloj; el reloj de mi abuelo. Ese mismo que recibía la mirada curiosa de un niño que quería entender el movimiento de su péndulo, el bajar de las pesas y el sonido de sus horas.

Hoy sigue marcando cada segundo con su tic-tac; da su campanada rota cada media hora y suena estridente en esta calma del pueblo castellano gritando el paso del tiempo.

Reloj que es reloj. Reloj que ha visto varias generaciones y que sabe mejor que nadie el valor de cada instante que suspira en el presente que se hace eternidad.

Silencio. Son las doce. Este viejo reloj vuelve a marcar con su sonido un nuevo mediodía. Fuera despuntan los rayos de un sol tímido que hasta hace unos minutos se escondía tras el gris de las nubes. Parece un nuevo amanecer a mediodía.

Las campanadas contadas en mi mente dicen doce y de nuevo el mundo permanece en el silencio sólo roto por el latido, por el tic-tac, de ese péndulo en eterno movimiento.