Cuenta la historia familiar que fue una herencia que recibió mi abuelo. Ya por entonces el reloj era viejo. Ha acompañado con su sonido la infancia de la generación de mi padre reposando en una de las paredes de la casa del pueblo.
De estrecho y esbelto cuerpo; su maquinaria descansa en una ancha cabeza que casi llega al techo. Su madera barnizada brilla aún en el esplendor de los años. Tras el cristal una esfera blanca numerada en romano es circundada por un dorado de hojalata que me recuerda al trigo maduro de estos campos de Castilla. En su interior cuelgan dos pesas que son izadas nuevamente cada dos días y que lentas se descuelgan gastando los segundos, los minutos y las horas.
Este reloj ha vivido los años de nuestra historia y tras la guerra fueron colgadas de cada una de las pesas dos balas de cañón tal vez abandonadas en los crueles campos de batalla. Hoy eran innecesarias y han vuelto a desaparecer del cuerpo de este antiguo reloj.
Viajó a Vitoria para marcar los últimos años de vida de mis abuelos y en el pasillo resonaba su tic-tac incesante. Recuerdo esas noches de cena con mis abuelos donde probaba las manzanas asadas; la leche condensada transformada en dulce de leche; y en las que miraba asombrado el balanceo del péndulo, oía su latido y las campanadas repetidas que nacían de su interior.
Murió una generación y con mi abuelo el reloj se detuvo. Durante años reposó silencioso y mudo en la pared del pasillo de ese piso de ciudad. Inerte esperó en el olvido. Un reloj no es un reloj si no se mece en el tiempo; si no siente el bamboleo a cada segundo; si no entona las “medias” y no canta su melodía a las “enteras” de cada hora.
Unas reformas en el piso de mis abuelos posibilitaron su vuelta a tierras castellanas, a aquella pared de donde había salido. Y me pregunté: ¿por qué no empujarle a andar?
El reloj perezoso tras el descanso de años en silencio andaba titubeante durante unos minutos pero finalmente moría otra vez en la quietud. Poco a poco la paciencia hizo que sus primeros cinco minutos se convirtiesen en veinte y después en una hora. Era como un niño que inquieto e incierto recomenzaba a dar sus primeros pasos.
Más difícil fue equilibrarlo en el tiempo y hacer que un segundo fuese precisamente un segundo; un minuto, un minuto; y una hora fuese una hora. Los retrasos y adelantos tenían que equilibrarse en el justo tiempo donde como decía Aristóteles está la virtud.
Ha vuelto a ser un reloj; el reloj de mi abuelo. Ese mismo que recibía la mirada curiosa de un niño que quería entender el movimiento de su péndulo, el bajar de las pesas y el sonido de sus horas.
Hoy sigue marcando cada segundo con su tic-tac; da su campanada rota cada media hora y suena estridente en esta calma del pueblo castellano gritando el paso del tiempo.
Reloj que es reloj. Reloj que ha visto varias generaciones y que sabe mejor que nadie el valor de cada instante que suspira en el presente que se hace eternidad.
Silencio. Son las doce. Este viejo reloj vuelve a marcar con su sonido un nuevo mediodía. Fuera despuntan los rayos de un sol tímido que hasta hace unos minutos se escondía tras el gris de las nubes. Parece un nuevo amanecer a mediodía.
Las campanadas contadas en mi mente dicen doce y de nuevo el mundo permanece en el silencio sólo roto por el latido, por el tic-tac, de ese péndulo en eterno movimiento.
De estrecho y esbelto cuerpo; su maquinaria descansa en una ancha cabeza que casi llega al techo. Su madera barnizada brilla aún en el esplendor de los años. Tras el cristal una esfera blanca numerada en romano es circundada por un dorado de hojalata que me recuerda al trigo maduro de estos campos de Castilla. En su interior cuelgan dos pesas que son izadas nuevamente cada dos días y que lentas se descuelgan gastando los segundos, los minutos y las horas.
Este reloj ha vivido los años de nuestra historia y tras la guerra fueron colgadas de cada una de las pesas dos balas de cañón tal vez abandonadas en los crueles campos de batalla. Hoy eran innecesarias y han vuelto a desaparecer del cuerpo de este antiguo reloj.
Viajó a Vitoria para marcar los últimos años de vida de mis abuelos y en el pasillo resonaba su tic-tac incesante. Recuerdo esas noches de cena con mis abuelos donde probaba las manzanas asadas; la leche condensada transformada en dulce de leche; y en las que miraba asombrado el balanceo del péndulo, oía su latido y las campanadas repetidas que nacían de su interior.
Murió una generación y con mi abuelo el reloj se detuvo. Durante años reposó silencioso y mudo en la pared del pasillo de ese piso de ciudad. Inerte esperó en el olvido. Un reloj no es un reloj si no se mece en el tiempo; si no siente el bamboleo a cada segundo; si no entona las “medias” y no canta su melodía a las “enteras” de cada hora.
Unas reformas en el piso de mis abuelos posibilitaron su vuelta a tierras castellanas, a aquella pared de donde había salido. Y me pregunté: ¿por qué no empujarle a andar?
El reloj perezoso tras el descanso de años en silencio andaba titubeante durante unos minutos pero finalmente moría otra vez en la quietud. Poco a poco la paciencia hizo que sus primeros cinco minutos se convirtiesen en veinte y después en una hora. Era como un niño que inquieto e incierto recomenzaba a dar sus primeros pasos.
Más difícil fue equilibrarlo en el tiempo y hacer que un segundo fuese precisamente un segundo; un minuto, un minuto; y una hora fuese una hora. Los retrasos y adelantos tenían que equilibrarse en el justo tiempo donde como decía Aristóteles está la virtud.
Ha vuelto a ser un reloj; el reloj de mi abuelo. Ese mismo que recibía la mirada curiosa de un niño que quería entender el movimiento de su péndulo, el bajar de las pesas y el sonido de sus horas.
Hoy sigue marcando cada segundo con su tic-tac; da su campanada rota cada media hora y suena estridente en esta calma del pueblo castellano gritando el paso del tiempo.
Reloj que es reloj. Reloj que ha visto varias generaciones y que sabe mejor que nadie el valor de cada instante que suspira en el presente que se hace eternidad.
Silencio. Son las doce. Este viejo reloj vuelve a marcar con su sonido un nuevo mediodía. Fuera despuntan los rayos de un sol tímido que hasta hace unos minutos se escondía tras el gris de las nubes. Parece un nuevo amanecer a mediodía.
Las campanadas contadas en mi mente dicen doce y de nuevo el mundo permanece en el silencio sólo roto por el latido, por el tic-tac, de ese péndulo en eterno movimiento.
1 comentario:
Otro interesante artículo, y van tantos que dejé de contarlos.
En mi caso, también tengo un reloj relacionado con mi abuelo. Se trata del que siempre llevo en mi muñeca, un Lotus deportivo, gris con corona naranja. Fue el último regalo que me hizo mi abuelo, antes de morir hace trece años.
Desde entonces, nunca he querido llevar otro reloj. Y nunca lo he portado, salvo préstamos puntuales de mi padre para ocasiones de postín.
No pienso desprenderme del reloj, aunque ahora ya no pueda activar su alarma por falta de sonido. Ni falta que le hace.
Funcione o no, seguirá siendo el reloj que me regaló mi abuelo. Y eso no hay pila que lo cambie.
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