22.9.06

El tren de mi vida.

Hoy quiero escribir.

En otro relato hablé del bolígrafo que mancha con palabras el papel blanco de la vida. Hoy quiero escribir; y no es casualidad esta primera pincelada, esta primera palabra que ha trazado el blanco del papel de este momento.

Hoy.

Hoy hablaré de trenes; de viajes; de destinos; de llantos de despedidas; de abrazos de bienvenidas; de ilusiones…

Sentado en el banco leñoso de una estación cada vez más en desuso he visto pasar varios trenes de mercancías. Trenes cargados de bobinas, coches, materiales varios que recorren las distancias sin frenarse ante los ojos de los viajeros y sin llevar en sus vagones corazones que laten en sentimientos.

Pasa un tren veloz. Ahora lo llaman de “alta velocidad”. Es el futuro, según pregonan los diarios, y acortan las distancias entre las ciudades. Una vez he viajado en uno de ellos desde la madrileña Atocha hasta Córdoba la bella. No sientes la velocidad. El paisaje se desdibuja cual cuadro impresionista visto desde la cercanía de dos pasos. Y en un girar las agujas de mi reloj estaba ya pisando la andaluza Córdoba y olvidando la Madrid capitalina. Pasas por estaciones sin nombre; sientes bajo tus pies sutiles cambios de agujas, pero el vuelo es más rápido que las sensaciones.

He viajado de crío en aquel tren nocturno que venía desde el lejano París (vía Hendaya) y que se detenía pesadumbroso en mi estación a las puertas de Castilla. Recuerdo que sus vagones caminaban lentos hacia una tierra donde se estaba poniendo el sol y después todo era oscuridad. Oscuridad jalonada por luces que en la planicie castellana marcaban pueblos que como en una constelación jalonaban la meseta. Los cambios de aguja eran bruscos y el tren se detenía en poblaciones de nombres conocidos: Miranda, Briviesca, Burgos, Venta de Baños, Palencia, León, Astorga, Ponferrada…

Nacía un nuevo día junto al Sil y después el Miño. Llegaba Orense y los cien kilómetros escasos que separaban la capital orensana de Vigo se detenían en el tiempo. El tren cruzaba montes, rasgando perfiles de árboles que caían hacia un Miño tras el que reconocía Portugal. Veía vacas pastando en montañas escarpadas; gente que cruzaba caminos; ancianas enlutadas con grandes haces de mieses sobre sus cabezas…

El amanecer se tornaba en medio día y Redondela, como puerta a las Rías Bajas y a la ciudad de Vigo era mi destino.

Yo, el que escribe en metáforas, el que siempre aparca un pensamiento oculto tras las palabras, el niño mayor al que le gusta jugar al escondite, voy a desvelar mi intención al hablar precisamente hoy de estos trenes.

Lo he titulado el tren de mi vida; porque creo que la vida es como un viaje en tren. Puedes coger el tren de alta velocidad y dirigirte veloz a tu destino. Cruzas rápido el horizonte sin percibir lo que hay en medio y llegas puntual a la meta, tal vez incluso antes de tiempo. Pero mi sensación en ese caso es que al bajar las escaleras de ese tren me digo: “y ahora, ¿qué?”

Mis viajes en el lento tren destino Galicia, eran viajes de sueños; de atardeceres hacia los que caminaba; de noches estrelladas; de islas de luz en una meseta apagada; de cambios de agujas que me hacían bailar con su sonido peculiar y difícilmente imborrable de la memoria; de amaneceres nuevos; de ríos que se juntan; de orillas que se saludan; de bosques que te inundan; de rías que se convierten en mares eternos.

La vida no es una carrera veloz hacia un destino; es más bien un viaje lento donde se disfruta del paisaje; donde las estaciones intermedias tienen su sentido; donde cada latido es importante en un cambio de agujas en las vías del destino. Hay que vivir viajando y mirando por la ventana; y gozando del verde de los prados, del amarillo del trigo castellano; del azul de un río que tranquilo avanza hacia su final; y de unos árboles que acarician sus aguas. La vida no es un destino a alcanzar rápido y veloz en el estrés del tiempo; no es una cuenta atrás. La vida es el deleite de un segundo lento que golpea cariñoso cada una de las traviesas que sujetan los raíles paralelos que acarician las ruedas de nuestro tren elegido. Vida llena de anhelos, de sueños, de ilusiones y de realidades que sólo descubrimos al estar conscientemente sentados en nuestro, tal vez incómodo, sillón del compartimento, alzando la mirada de nuestra alma y asomándonos sorprendidos a la ventana del tren en el que vivimos.

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