27.9.06

La luna.

De niño la luna me parecía un sol ingenioso; un sol misterioso que crecía y decrecía cada noche.

Su resplandor blanco insinuaba sus manchas azules y se disfrutaba en el manto estrellado de las noches de verano. No deslumbraba en poder, sino en belleza y sobre todo en magia.

¿Cómo saber si la luna era creciente o decreciente?

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. “Cuando en el cielo ves escrita una “C” es porque está decreciendo; y cuando en el cielo la ves como una “D” es porque está creciendo paso a paso hasta llegar a ser luna llena”.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron.

Pero hoy, de mayor, pasadas ya tantas lunas en el cielo de mi vida, vuelvo mis ojos hacia ese astro mágico. Pienso que es el contraste del firmamento.

Es capaz de ocultar el titubeo de las estrellas a su alrededor y sin embargo no tiene luz, sino que es un simple espejo del poder de un sol inexistente.

Es capaz de embrujar las noches cuando alguna nube inquieta se pasea ante su ojo blanco de un cristal tenuemente azulado.

Es inmensa y roja en noches especiales que irradian sueños de ilusiones y pasiones.

Es tremendamente ligera cuando casi es un borde finamente curvado nacido del compás fijado en el otro extremo del firmamento.

No hay cosa más inquietante que una luna llena, inmensa, bucólica, radiante y sonriente en el mar de estrellas que la acompañan en una noche clara.

“La luna es una mentirosa”, me dijeron. Y sin embargo hoy la reconozco como la verdad más evidente. No hay verdad más sincera que una luna nueva.

La luna nueva existe y no se ve; no ilumina pero colapsa el tiempo. La luna nueva está llena y vacía.

Llena de vida en potencia, de algo que comienza a nacer y a crecer. Llena de sencillez, de humildad, de riqueza oculta en el fondo de un corazón.

Vacía de resplandor, de alegría, de poder. Vacía de gloria y esplendor. Vacía de vanidad. Vacía de superficialidad e incongruencia.

La luna nueva es pura.

La luna nueva es el guiño de un ojo azul brillante que para saludarte desaparece momentáneamente tras el párpado de una mirada.

La luna nueva es la verdad.

De niño me asombraba una luna llena de inmensas tonalidades blancas. De niño me asustaba la “mentira” de una luna que crecía y decrecía casi por antojo.

Hoy, de grande, siento un asombro mayor, al buscar y no encontrar en el firmamento estrellado de una noche clara, una luna nueva. Y sin embargo ahí está, en su radiante verdad que ilumina mi alma y mi corazón.

Luna nueva; verdad que ciega con su luz inexistente mis ojos en esta noche de suspiros hondos hasta hacerme creer que lo que vale es aquello que nace desde la nada de esta luna nueva, muy nueva; tan nueva que es nada y a la vez lo es todo.

2 comentarios:

Fer dijo...

"Tan nueva que es nada y a la vez lo es todo".
Pues sí, Jorge, tienes razón, mucha razón, por paradójica que resulte la última frase del texto.
Y es que la luna puede orientar a marineros, manejar a su antojo las mareas, organizar la vida de creyentes por medio de su calendario o embobar al más pintado en su contemplación.
Claro, que después llegaron los astronautas y le quitaron toda la emoción y leyenda, qué se le va a hacer.

Anónimo dijo...

¡Qué suerte que hayas escrito sobre la Luna! Yo soy una lunática, siempre la busco, cada noche la busco y cuando está Nueva es cuando más me pregunto por qué miro tanto la Luna. Quizá porque estando Llena, Nueva, Creciente o Decreciente, sigue siendo Luna y la seguimos admirando y quisiera que cuando yo voy cambiando de Llena a Nueva, siguiera siendo yo, en mi esencia.
Rosa