Las prisas me hacían correr por entre las calles de la ciudad. En mi mente se agolpaban ordenándose todo aquello que debía hacer para sintetizarlo en la realidad del reloj del tiempo. Mis pasos acelerados desgastaban una vez más las baldosas viejas de estas mismas aceras de mi ciudad. La mente pensaba y el cuerpo, como autómata costumbrista, se movía ligero entre la gente, desdoblando esquinas, cruzando pasos de peatones y eligiendo una ruta establecida por la monotonía.
En la plaza ajardinada la gente transitaba. Los juegos infantiles estaban llenos de niños que subían y bajaban por las cuerdas, utilizaban los toboganes y buscaban la atención de los padres que esperaban controlando cada movimiento de sus pequeños a unos pasos de distancia.
Entonces la vi. Sentada en el banco de madera, con su chaqueta granate de entretiempo, agarrando cerca de su pecho una barra de pan seguramente todavía caliente. Me fijé en su rostro. Tenía una edad en la que el conteo se había perdido pero sus labios estaban encarnados de un rojo pintado; sus mejillas relucían sonrosadas y sus ojos brillaban escudriñando los juegos de los niños, la paciente espera de los padres y el ir y venir de la gente.
Ella, esta viejecita misteriosa, estaba dulcemente sentada en el banco de la plaza. Sus labios transmitían una ligera sonrisa giocondina; su pelo firme de un pulcro y esmero cuidado coloreaba de un blanco canoso su frente como corona la nieve lo alto de la cima de la montaña; su expresión dulce y casi cariñosa curioseaba el ambiente del tiempo que se movía a su alrededor.
Mi camino frenético de prisa me enfilaba a acercarme y pasar a su lado; y por un segundo sentí que me miraba.
Había pasado una vida.
Se agarraba a esos segundos de existencia como lo hacía con la barra de pan aún caliente que tenía entre sus manos.
Tal vez comería sola en casa aquella comida preparada para dos días, porque los años le habían hecho aprender a cocinar para dos y ahora en su viudedad le faltaba su segundo comensal; tal vez acudiría a casa de unos hijos que tras una mañana de trabajo llegarían con el tiempo justo a mediodía; tal vez, así saludaría a los nietos que juguetones, como aquellos niños del parque infantil, disfrutaban de los cuentos de la abuela…
Tal vez…
Pero en este segundo de la historia eterna ahí estaba, con su chaqueta roja de entretiempo, con las mejillas sonrosadas y los labios pintados, con su pelo canoso y meticulosamente peinado, con su mirada transparente y llena de historias; con esos ojos que se posaban ligeramente por entre los viandantes.
Pasé casi junto a ella y giré una esquina más de mi mañana.
Pero en mi mente, que había organizado mi vida para ese día, hubo un pensamiento para ella.
¡Qué relativo es el valor del tiempo! ¡Qué relativo es cada segundo, cada minuto, cada hora!
Yo, tal vez no llegase a hacer todo lo planificado. Llegaré tarde a casa. Y esta tierna señora, ya entrada en años, se levantará de su banco de madera y seguirá su rutina.
Nunca más nos cruzaremos. El reloj del tiempo marcará para cada uno su final. Y tal vez la muerte llame próximamente a su puerta. Y nunca sabrá, que en esta mañana de septiembre, alguien la miró, se fijó, pensó en ella y hasta puso en palabras esos pensamientos.
En la plaza ajardinada la gente transitaba. Los juegos infantiles estaban llenos de niños que subían y bajaban por las cuerdas, utilizaban los toboganes y buscaban la atención de los padres que esperaban controlando cada movimiento de sus pequeños a unos pasos de distancia.
Entonces la vi. Sentada en el banco de madera, con su chaqueta granate de entretiempo, agarrando cerca de su pecho una barra de pan seguramente todavía caliente. Me fijé en su rostro. Tenía una edad en la que el conteo se había perdido pero sus labios estaban encarnados de un rojo pintado; sus mejillas relucían sonrosadas y sus ojos brillaban escudriñando los juegos de los niños, la paciente espera de los padres y el ir y venir de la gente.
Ella, esta viejecita misteriosa, estaba dulcemente sentada en el banco de la plaza. Sus labios transmitían una ligera sonrisa giocondina; su pelo firme de un pulcro y esmero cuidado coloreaba de un blanco canoso su frente como corona la nieve lo alto de la cima de la montaña; su expresión dulce y casi cariñosa curioseaba el ambiente del tiempo que se movía a su alrededor.
Mi camino frenético de prisa me enfilaba a acercarme y pasar a su lado; y por un segundo sentí que me miraba.
Había pasado una vida.
Se agarraba a esos segundos de existencia como lo hacía con la barra de pan aún caliente que tenía entre sus manos.
Tal vez comería sola en casa aquella comida preparada para dos días, porque los años le habían hecho aprender a cocinar para dos y ahora en su viudedad le faltaba su segundo comensal; tal vez acudiría a casa de unos hijos que tras una mañana de trabajo llegarían con el tiempo justo a mediodía; tal vez, así saludaría a los nietos que juguetones, como aquellos niños del parque infantil, disfrutaban de los cuentos de la abuela…
Tal vez…
Pero en este segundo de la historia eterna ahí estaba, con su chaqueta roja de entretiempo, con las mejillas sonrosadas y los labios pintados, con su pelo canoso y meticulosamente peinado, con su mirada transparente y llena de historias; con esos ojos que se posaban ligeramente por entre los viandantes.
Pasé casi junto a ella y giré una esquina más de mi mañana.
Pero en mi mente, que había organizado mi vida para ese día, hubo un pensamiento para ella.
¡Qué relativo es el valor del tiempo! ¡Qué relativo es cada segundo, cada minuto, cada hora!
Yo, tal vez no llegase a hacer todo lo planificado. Llegaré tarde a casa. Y esta tierna señora, ya entrada en años, se levantará de su banco de madera y seguirá su rutina.
Nunca más nos cruzaremos. El reloj del tiempo marcará para cada uno su final. Y tal vez la muerte llame próximamente a su puerta. Y nunca sabrá, que en esta mañana de septiembre, alguien la miró, se fijó, pensó en ella y hasta puso en palabras esos pensamientos.
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