31.10.06

La esponja.

¿Quién no conoce una esponja?

Si nos preguntásemos si sabemos definir una esponja tendríamos que admitir que no las conocemos. Nos hemos habituado a esas masas uniformes de plástico. Conocemos las esponjas artificiales pero tenemos que reconocer que tal vez nunca una de las verdaderas ha acariciado nuestra piel.

Una esponja vive. Vive como vivimos nosotros. No tiene corazón pero su latido a la vida es constante. Es un animal vivo que nace, crece y muere. Ni tan siquiera es una planta, sino que el enjambre acumulado de sus células le hacen ser un animal que navega por el mar de la vida.

La esponja vive del agua. Las gotas saladas de este mar que le da la vida traspasan su membrana porosa y entran a su interior dándole forma y contenido; dándole un peso y una consistencia. De esa agua extrae la vida y la expulsa por su ósculo regenerando esa corriente de vida que continuamente late en su interior.

Utiliza esa agua y sus corrientes para avanzar en el camino del horizonte eterno de su vida. Se posa en las piedras, se arrastra por las arenas y se sumerge en las profundidades del agua que es músculo para su movimiento.

La esponja vive porque acepta el agua exterior adentrándola en su más íntimo ser hasta hacerse uno con cada gota salada de este mar. Saborea sus empujes y late ante su inmensidad.

La esponja vive porque en su interior es mar; mar hecho vida y movimiento.

¡Qué lección tan callada, simple y a la vez sabia me enseña esta esponja que me acaricia!

¡Ojalá también yo fuera consciente de que mis ojos son esa puerta de entrada a las sensaciones de este color en el que me muevo!

¡Ojalá mi lengua saborease esa agua incolora que calma mi sed!

¡Ojalá mis manos sintiesen el frío de una nieve húmeda o el calor de un fuego cercano!

¡Ojalá mis oídos hiciesen temblar a mi corazón ante una música hecha sentimiento!

¡Ojalá por mi nariz penetrase el olor de una vida hecha perfume inmenso!

Entonces, a través de mí mismo sentiría lo que siente la esponja en el mar; que en mí entraría un aliento de vida que late constante, más allá del palpitar de mi corazón.

¿Soy una esponja viva que siente el agua de la vida o soy una masa uniforme de un plástico hecho materia?

Y yo me pregunto una vez más: “¿Quién no conoce una esponja?”

26.10.06

El río oculto.

Un día más acudo a la llamada de mi soledad. Busco romper ese ruido que invade la monotonía de la ciudad y camino hacia el silencio que reposa en las aguas estancadas de este pantano cercano.

Es otoño y el color dorado de un atardecer casi permanente comienza a dibujarse en la silueta de unos árboles que se bañan en las aguas tranquilas que llegan casi a mis pies.

El camino está cubierto de hojas muertas en un manto que cruje en cada uno de mis pasos.

La sombra de estos robles que han perdido vigor en su verde primaveral se hace cada vez más alargada mientras el sol tímido cruza un horizonte inmensamente azul camino de otro atardecer.

Es otoño y mientras el ocre de las hojas de los árboles va creciendo al compás de una suave brisa, la hierba, casi marchita por el calor del verano reseco, comienza a verdear.

El agua tranquila y remansada tiembla y el sonido de las aves inunda la atmósfera de un clima de belleza infinita.

Una bandada de patos surca el agua marcando estelas que permanecen unos metros hasta volverse planas. Un pato, tal vez despistado, cruzando el cielo por encima de mí, llega batiendo sus alas hasta acariciar las aguas y buscar la compañía de los suyos.

El agua está baja y cerca de su orilla comienza a despuntar la punta del tronco de un árbol ahogado y las piedras de un muro abandonado.

Recorro unos metros y voy ascendiendo por este camino marcado por su manto dorado otoñal. Vuelvo mis ojos al sol y siento la mirada deslumbrada. Miro abajo, allí donde el agua acaba, allí donde el pantano debería continuar y veo una planicie manchada y reseca que comienza a germinar. El agua está baja y en ese punto es inexistente por la falta de lluvia de estos meses veraniegos.

Y sin embargo, allí, en medio de esta planicie reseca, hay un cauce lleno de agua. Es el río que serpentea en un continuo ir y venir de meandros hasta finalizar en el agua estancada del pantano.

Lo contemplo porque puedo hoy contemplarlo. Pienso que en pocas semanas, con las próximas lluvias y el engrandecimiento de esta agua, el nivel subirá y llenará la planicie hoy reseca. Ese cauce que hoy gira y gira ahí abajo desaparecerá bajo el nivel del pantano. Y sin embargo, ahí estará aunque mis ojos no puedan entonces verlo. Ahí estará el cauce de un río oculto que da contenido a este lago artificial al que vengo en mis momentos de intimidad.

Un día más acudo a la llamada de mi soledad, pero hoy además de ver el agua estancada de mi alma, he visto el cauce de un río oculto que en meandros continuos serpentea y da vida, ahí abajo, en la planicie de mi corazón.

24.10.06

Mañana otoñal.

Es una mañana espléndida. No se puede desperdiciar gastando sus horas frente al televisor o ensimismado ante las montañas de apuntes que hay que estudiar. Este azul celeste que casi es desconocido se merece algo más.

En mañanas como éstas me gusta tomar el lapicero y dejarle ensuciar la blancura de las hojas con sus garabatos. Sí. Dejarle vagar a sus anchas; libremente por el campo blanco de los folios y que hable, que se exprese sin censura; que nazca con la libertad del río que sale de entre las rocas y se desliza saltimbanqui, juguetón hacia la llanura. Porque los tiempos en que ese río se calme y engorde su caudal ya llegarán. Llegará el momento del acomodamiento, de la serenidad, del discurrir monótonamente hacia la desembocadura inevitable. Pero todavía es tiempo de inconformismo, de saltar entre las piedras, de querer derribar ese pequeño muro de tierra, de escapar, de no quedarse apresado en el embalse. Ese río naciente es mi lápiz como expresión de la mente. Quiero dejarle bailotear en esta luminosa mañana.

Suena la melodía de “Sombrero de tres picos” y así el aire se cubre de una atmósfera oportuna, casi mágica. Puedo levantar los ojos y ver a través del cristal la calle transitada donde se pierden gentes cada uno con su historia. Se cruzan sin mirarse, sin descubrir tras sus ojos esa humanidad, esa sonrisa o llanto que ocupa sus corazones. Somos desconocidos. Somos máquinas deambulantes.

El anciano solitario descansa en el banco ojeando el periódico que le sirve cada mañana para distinguir un día de otro. Se detiene seguramente en la página de las esquelas para tal vez descubrir el nombre de algún conocido que a su lado sobrevivió a la guerra, al hambre y que ahora ha sucumbido ante una gripe. “Don Eugenio López falleció ayer en Barcelona a los 73 años de edad… Doña Josefina Jiménez viuda de Don Eduardo José Pérez falleció ayer en Bilbao a los 68 años de edad habiendo recibido…” “Hoy todos son más jóvenes que yo”, puede pensar esperando que le toque el turno en esa lotería que a todos tarde o temprano nos hace “millonarios”. Suenan ahora en el aire como un presentimiento los acordes y voces del “Réquiem” de Mozart. Al lado del banco del anciano pasa ahora una señora joven, rubia, bien vestida. Viene con el carrito donde duerme su niño. Es la otra cara de la moneda de la vida. Todo es alegría. Todo es renacer, primavera. Va deprisa como si le esperase alguien en casa. Lleva en su mano la bolsa de plástico del supermercado. Ella no tiene tiempo para pararse a leer las necrológicas del periódico; seguramente tendrá “otras cosas en las que pensar”. Sin embargo todavía se escucha el réquiem.

El aire hace sonar a su paso los aplausos de las hojas de los árboles. Están ya doradas en este avanzar del otoño. Algunas ya no cantan caídas en el suelo. Ese colorido, mezcla de verde ya decadente y de amarillo áureo muestra la humanidad de la ciudad que nace de entre la negrura del alquitrán.

El carboncillo va manchando la cuartilla antes blanca. Y de mi mente brotan los pensamientos. ¿Pensamientos? Son esa expresión de lo que los ojos ven; la interpretación de la fotografía transmitida con la fidelidad e imparcialidad de los impulsos nerviosos. Es como la noticia ante el espectador. Todos reciben el mismo mensaje y cada cual lo entiende de una forma diferente.

Todos ven esta calle. Todos ven esta gente. Todos ven este cielo. Pero, ¿qué pensará el viejo aburrido? ¿Qué visión tendrá de este sol espléndido esa señora que galopa con su carro, con su niño y con la compra? Seguramente no serán los mismos pensamientos que rondan por mi cabeza. Y lo más ridículo de todo es que la mayoría de la gente ni dedica un minuto de su tiempo a pensar. Sencillamente no piensan nada. Son animales exracionales.

Esta especie está en amplio desarrollo. Cada vez son más los que cruzan esta jungla de asfalto y cristal. Son como pequeños bonsáis a los que se han cortado las raíces de la intelectualidad y se han quedado enanos, raquíticos racionalmente hablando. Son figuras grotescas dibujadas en los espejos deformados que había en aquellas ferias en los que me gustaba reflejarme hace unos años. Ahora curiosamente ya no hay esas salas de espejos. Será, tal vez, porque no tiene sentido el que figuras grotescas se reflejen en espejos grotescos.

La racionalidad. ¿Qué es eso? Si se hiciese una encuesta televisiva tal vez se podría contestar algo así como “es el juguete ese que anuncian”. “¿La razón? ¿No es esa señora que aparece en las revistas? Sí. Esa que ahora se casa”. Es lógico y normal. Hace tanto tiempo que no se la ve por nuestras calles que su imagen se ha borrado de nuestras mentes. Ya no existe en nuestra cabeza la categoría “razón”.

“¿Es una flor?” Por fin alguien ha dado en el blanco. La razón es esa flor escondida y perdida. Es ese edelwais que nace entre el hielo alpino de las montañas suizas.

Ya decía Platón poniendo en boca de Sócrates en su Teeteto: “Un hombre renuncia a preguntarse si el rey es feliz, o si un propietario de mucho oro es feliz, para considerar la realeza, la felicidad o la desgracia humana en general, su esencia respectiva, la manera como el hombre considera a unas y huye de la otra. Nuestro hombre vulgar tiene un espíritu estrecho y, cuando se trata de responder a estas preguntas filosóficas, se haya confuso. La cabeza le da vueltas, porque ha subido muy alto y no tiene el hábito de mirar desde arriba y se encuentra molesto, apurado, perturbado. Sin embargo, no sucede lo mismo a otros siervos de Tracia, ni a otros ignorantes que están prestos a reír, pues no se dan cuenta de su situación, porque no han recibido una educación diferente de la de los esclavos”.

Nuestros compañeros de camino son siervos de tracia que ríen y ríen y no se preguntan el porqué de su risa. Éstos no se encuentran apurados, avergonzados de su ignorancia, de su irracionalidad, porque sin tan siquiera entienden esos conceptos. Uno mismo es también así.

Voy a saludar más de cerca de este sol otoñal dando un paseo por nuestra Tracia moderna.

19.10.06

El viaje.

Le despertó el ruido de un trueno. Se había adormecido entre el monótono rumor del traqueteo del tren. Abrió las ligeras cortinas que cubrían las ventanas y desempañó con la mano el vidrio. Estaba frío y húmedo.

Las gotas descendían por el cristal a gran velocidad como si fuesen lágrimas. Entre la tenue niebla a penas se podía todavía distinguir el horizonte entrecortado formado por las montañas. Estaba amaneciendo, pero la luz del sol no podía atravesar las siempre presentes nubes otoñales. Tan sólo se notaba el clarear que hacía presagiar el nuevo día.

Casi adormilado recordaba la despedida en la estación la tarde anterior. No quería volver la vista al pasado, pero los pensamientos llegaban a su mente sin poder evitarlos. Recordaba los adioses y las miradas casi sin palabras que se habían entrecruzado antes de salir. Veía todavía las manos alzadas saludando abiertamente. Había esperado con ansiedad que llegase el día de partir, pero esa tarde sentía cierta duda; un hormigueo que recorría su cuerpo; como un querer dar marcha atrás a las manecillas del reloj del tiempo.

Acercó su cara a la ventana hasta sentir la humedad del cristal. Ahora se perfilaba un poco más el horizonte. Los colores quedaban ligeramente enturbiados por el manto de niebla entremezclado con la fina cortina de lluvia. Se podía sentir el verde de las praderas donde se dibujaban algunas vacas. También se veía el dorado de las hojas en los bosques. Pero seguía lloviendo; inundando con nostalgia y melancolía el paisaje.

Apoyó su cabeza en el respaldo duro del sofá. ¿Sofá? Mejor llamarlo asiento. Miró a su alrededor y entre la oscuridad descubrió los rostros de los mismos ocupantes que había visto la tarde anterior al entrar.

“Allí está la monja” , pensó, “anoche desgranaba lentamente las cuentas de su rosario”. Ahora pudo percibir que descansaba dentro de la negrura de su velo y su hábito. Pero aún con la tenue luz de la ventana brillaban las cuentas negras azabaches entre sus manos viejas.

En el otro lado, acurrucada dormía la pareja italiana. Jóvenes. Con mochilas repletas de bártulos que llenaban el compartimento. Él vestía una chamarra de un color que en su día fue rojo. Ella llevaba un jersey en el que se pintaba un dibujo chillón con grandes letras que decían: “Firenze. Guarda la sua bellezza”. Ayer le habían saludado con un “buona sera”. Recordaba que hasta bien entrada la noche les había oído hablar y reír; reír y hablar con ese característico acento toscano.

Cerró los ojos y vio en la lejanía el rostro lloroso de su madre. “Cuídate y escribe pronto”. Entre suspiros, las frases entrecortadas, casi sin sentido, nacían como expresión de su inquietud y nerviosismo. “Abrígate. No cojas un resfriado. No pierdas las maletas. Escribe. Escribe cuando llegues”. Él volvió la cabeza al subir el primer peldaño de la escalerilla y sonrió. Fue una sonrisa entre la complicidad y la sensación de que aquello era lo previsto por su imaginación desde hacía mucho tiempo. Eran las frases que una madre siempre diría a su hijo en una situación como esa. Pero las sentía cargadas de novedad. Fue una sonrisa que encubría sentimientos más profundos, que quería ocultar… fue una sonrisa pretexto.

Un rumor en el pasillo le hizo salir de sus pensamientos. Era un borracho deslizándose torpemente por el corredor con paso vacilante. Se balanceaba golpeando las puertas de los departamentos y musitando sonidos sin sentido, casi imperceptibles. Al pasar a la altura del compartimento seis se pudo ver su silueta marcada por la luz amarillenta del pasillo en las cortinas que cubrían la puerta.

Volvió sus ojos hacia el cristal y perdió su mirada entre el dorado otoñal y el verde de las praderas. Busco el cuaderno algo viejo y manoseado por el uso. Abrió sus páginas al azar. Y se estancó entre pensamientos, entre imágenes pasadas que ahora recobraban otra vez colorido, movimiento y vida.

17.10.06

El príncipe.

El príncipe era joven. Su nacimiento hace algunos años había llenado de felicidad a un reino que lo esperaba como quien espera al futuro. Había sido mimado desde la infancia y en sus ojos habían quedado grabadas las imágenes de ilustres visitantes; de regalos exóticos y de palabras de halago.

En su formación no se escatimaba en detalles. Habían sido llamados los más famosos matemáticos, historiadores, lingüistas y generales. Había aprendido los fundamentos de la economía; la razón del devenir social; las lenguas de los países cercanos y las reglas de la guerra.

También en su clase de filosofía un anciano le hacía pensar. Eran las clases con las que más disfrutaba porque le hacían volver los ojos continuamente hacia la mirada del alma.

Una tarde el príncipe manifestó al anciano filósofo sus dudas sobre el futuro: “¿Cómo conseguiré ser justo? ¿Cómo mantener la paz? ¿Cómo dirigir el destino de todo un pueblo que siempre me mirará?”

El anciano le respondió: “En unas tierras donde la guerra acechaba un poeta tuvo que huir y perder su casa, su país, su lengua y su vida. Murió a los pocos años en la lejanía de su meseta a la que había cantado, y soñando con la infancia vivida en un patio sureño. Ese poeta dejó escritos para siempre unos versos en los que hablaba del futuro como un camino”.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

“Vamos a aprender algo sobre ese camino”, le propuso el filósofo al príncipe. Y llevó al joven a una pradera. Le pidió que se descalzase y que se pusiese en pie sobre la hierba.

El príncipe hizo el amago de empezar a caminar sobre la hierba, pero el filósofo se lo impidió. “No. No te muevas. Simplemente mantente en pie sobre la pradera y siente”.

Después le llevó a la plaza central de la ciudad y le hizo estar allí unos minutos inmóvil con los pies desnudos.

Poco después le llevó a una playa y le hizo permanecer de pie sobre la arena humedecida por el mar.

Finalmente le llevó a la cuenca llena de guijarros de un río seco y repitió esos minutos de impasibilidad.

Ya en palacio, el filósofo preguntó al joven: “¿Qué sentiste?”

“Primero el impulso instantáneo de andar”, contestó el príncipe. “Después pensé que era absurdo estar con los pies desnudos y quieto. Miré alrededor y vi una montaña inmensa. En su cumbre había una nieve blanca que se dibujaba en el azul de un cielo sin nubes. Más abajo estaban los campos verdes aún por la primavera. Un pequeño rebaño pastaba en la lejanía. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí la humedad bajo mis pies. Sentía como las gotitas de rocío se estremecían entre mis dedos. Algún pequeño insecto recorrió mi pulgar y la hierba que me circundaba cosquilleaba mis talones.

En la plaza me fijé en el monumento dedicado a las gestas bélicas de mis antepasados. Veía las ventanas del palacio que cada día recorría por dentro y sonó la campana de la catedral. Me fijé que pasaba la gente en un ir y venir continuo y casi frenético. Había rumor de niños; ancianos que caminaban más lentamente; gente que iba a sus quehaceres. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí el calor de un sol condensado en el asfalto del suelo. Era liso, duro, sin rugosidades. Quemaba las plantas de mis pies.

En la playa miré el mar. Ese mar inmenso que no tiene confines. Veía la tenue línea del horizonte donde el mar deja de ser mar y el cielo deja de ser cielo. Había algún pequeño barco pesquero faenando en la lejanía. Escuchaba el rumor de las olas que con estridencia acompasada llegaban hasta la playa. Sentí el frescor de una brisa que venía del océano. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que me hundía. Mi peso hacia que la arena se estremeciese bajo mis pies y que como una masa que dejaba de ser uniforme me acogía en su interior. Sentía cómo la humedad salada salía de esa enorme esponja dorada que pisaba y mojaba las puntas de mis dedos y suavemente se deslizaba hacia el mar del que había nacido.

En el río me fijé en el bosque que lo circundaba. Los árboles gemían al compás de un viento que los bamboleaba. Se escuchaba el sonido de la vida de los animales entre la espesura y el verde llenaba mis ojos. Quise escuchar el sonido del agua que saltarina correría por el cauce pero no lo encontré. El río estaba seco. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que las piedras redondeadas por el agua ahora inexistente se metían por entre mis dedos y masajeaban la planta de mis pies. Sentí cada una de esas piedras debajo de mí, individualizadas, hechas materias duras que el tiempo había limado.

“¿Comprendes lo que quería enseñarte?”, preguntó el anciano filósofo.

En el camino de la vida, solemos mirar hacia el horizonte, levantar la vista y buscar hacia dónde va nuestro camino y comprender todo el entorno que nos rodea con su belleza y su agonía.

Sin embargo, la sabiduría nos lleva a no andar por andar, sino a ser conscientes de ese pedazo de suelo que está bajo nuestros pies. Es siempre distinto y siempre igual. Puede ser húmedo o seco; puede ser acogedor o inquietante. Es el palmo de existencia que nos define y que debemos sentir como nuestro.

Sólo cuando hemos sido conscientes de que el camino empieza en el suelo donde están nuestros pies desnudos; sólo entonces, estamos preparados para alzar uno de nuestros pies del suelo de nuestra existencia y dar el primer paso de un camino que no existe, de un camino que se hace realidad desde la conciencia de nosotros mismos; desde la voluntad de tocar, sentir y hacerse de nuevo tierra un metro más adelante.

12.10.06

Y tú, ¿qué eliges?

Hace unas semanas un amigo me contó que quería cambiar de vida; que no le gustaba lo que veía y que quería sentir la libertad de renovarse de cara y cambiar tal vez de aires.

Es verdad que a veces vivimos presos de esa imagen que nos hemos creado y que tanto uno mismo como los que estamos al lado nos mantenemos en la etiqueta de aquello que siempre ha sido así.

Es verdad que a veces sorprendemos a los que están ahí y ves ojos que brillan de incredulidad ante una palabra, un gesto, una actitud o una omisión.

Mayor es la sorpresa de quien se sorprende a sí mismo y una mañana ve reflejado en el espejo unos ojos extraños que le miran y que profundizan en la pupila de quien es reflejo y reflejado a la vez.

Aquella conversación me hizo pensar. Me hizo volverme a mí mismo y a aquello que yo sentía y surgió rápidamente una pregunta: “Y tú, ¿qué eliges?”

¿La vida es elección?

Hace unos meses leí un libro en el que se hablaba de la monotonía y de la rutina como causa de infelicidad y de ruptura con la propia existencia. Otras veces he pensado, sin embargo, que la propia monotonía y la rutina nos marcan un hilo de historia que nos mantiene vivos.

Es curioso, pero a la vez aquello que nos hace sufrir nos mantiene vivos.

Inesperadamente surgió una idea que se la comenté a mi amigo: “Puedes hacer la maleta u ordenar el armario”.

Hacer la maleta supone coger lo indispensable porque todo no cabe en esos veinte kilos que te dejan llevar en avión si es que quieres ir lejos. Si tu elección es el autobús, te diré que hace poco vi cómo un autobús hacia Madrid estaba lleno de maletas por lo que alguna compañía ya sólo te deja llevar dos maletas… Hacer la maleta. Habría que elegir qué es lo indispensable y lo importante y qué debe permanecer. Además en esa maleta siempre habría que tener un espacio para los propios pesos que siempre nos acompañan vayamos donde vayamos.

Hacer la maleta y partir. Caminar hacia lo desconocido y volver al punto de inicio de este juego de la oca, pero ya con el cansancio de lo andado. Caminar en soledad y volver a tirar los dados de la vida.

Se puede ordenar el armario. ¿Quién no ha abierto el armario buscando una camisa y se ha encontrado con que las cosas en su habitual desorden no son encontradas? Lo que está en desorden ocupa el doble.

Ordenar el armario. Es una tarea de paciente constancia. Hay que doblar el pantalón del domingo; pero también el del lunes. Hay que deshacerse de la ropa vieja que nunca nos ponemos. Habrá que buscar el comprar nuevas cosas que tal vez nos falten.

Ordenar el armario es volverse a uno mismo y en silencio comenzar desde lo más pequeño (desde los calcetines) a buscar el propio equilibrio interno. Es volverse hacia la propia historia, resumirla y aceptarla, y sobre todo quererla. Es tener enfrente todo el presente y comenzar a trazar las líneas de cómo quiero que sea dibujado. Es tener delante el futuro y comenzar manos a la obra sin grandes estridencias.

Ordenar el armario costará más que hacer una maleta de veinte kilogramos. Tal vez sea instantáneamente más fácil cerrar la puerta de golpe y no mirar hacia atrás en ese miedo insensato de convertirnos en estatuas de sal. Pero caminar por el desierto es a la larga demasiado árido.

Ordenar el armario es lento y los frutos no se ven hasta pasado un tiempo. Pero no hay nada como poder invitar a aquellos a los que quieres a que pasen y vean tu habitación; esa habitación donde sueñas; y a que abran el armario de tu vida y en un vistazo puedan deleitarse con el espejo de tu propia vida.

Dime. Tú, ¿qué eliges?

10.10.06

Casualidad.

El viaje en tren por la meseta siempre resulta aburrido. La planicie lo domina todo y el traqueteo de estos trenes que parece que no avanzan resulta monótono.

Aquella mañana el vagón estaba vacío. Era temprano y los quehaceres no habían comenzado para casi nadie. Me senté en una de estas butacas incómodas y saqué de mi bolsa el último libro comprado esperando tener paciencia para aguantar unas páginas de lectura. Seguro que alguna idea me evadiría de aquella monotonía.

A los pocos minutos se sentó frente a mí alguien; un desconocido que por hechos de la buena cortesía me saludó.

Los primeros kilómetros transcurrieron en silencio. Las letras de mi libro bailaban en el bamboleo de este tren que se mecía entre sus raíles. Dejé el libro por el cansancio que me suponía encadenar las palabras y escudriñar las ideas. Las palabras, una vez leídas, seguían con su bamboleo en el interior de mi mente.

Con mi compañero de enfrente nació una conversación sobre gustos, lugares visitados, paisajes vistos, motivos de viaje. Poco a poco el grifo de las palabras se abría y el agua, rica y abundante, fluía a borbotones.

Me contó su historia. Me habló de sí mismo; de sus ilusiones; de sus temores; de las líneas transversales; de los raíles de su existencia. El desconocido dejo de serlo y ese “alguien” se concretó en el milagro de una existencia.

Pero él viajaba más lejos y en la estación siguiente tuve que abandonarle. Creo que no hubo ni un adiós, sino un “ya nos veremos”.

El día en aquella ciudad era gris y recuerdo que llovió y me mojé. Aquella mañana no había cogido el paraguas protector que mantiene seco el cabello.

Volví a mi casa. Pasaron semanas, meses y años. La rutina lo invadió todo pero aquella lluvia de aquella mañana me caló los huesos.

Cuando llueve, cada gota minúscula de agua invade el suelo seco y allí donde no hay asfalto penetra en la tierra, hace crecer la hierba y cambia el paisaje. Normalmente para cambiar una fotografía, vale más una lluvia constante que una torrencial tormenta.

Pasaron semanas, meses y años. Y el paisaje de mi vida se había convertido en algo más verde, algo más norteño debido a esa lluvia interior que constantemente caía en mi alma.

Una tarde de paseo, despistado andando entre la gente, alguien me saludó; pero ni siquiera volví la mirada. No me di cuenta de lo absorto que iba en mis pensamientos. Las historias pasan a nuestro lado y a veces tenemos los ojos en blanco y nuestras pupilas no son capaces de ver dos pasos más allá.

Hoy volvía a coger ese tren hacia la meseta. Un nuevo libro estaba entre mis manos dispuesto al intento de ser leído. Pero una sorpresa, ¿será casualidad?, me esperaba sentado en uno de esos butacones incómodos del vagón de nuevo casi vacío.

“Hombre, ¡cuánto tiempo sin verte!”, dije.

Me respondió: “Te vi el otro día y te saludé. ¿No te diste cuenta?”

El libro no fue abierto esa mañana. Pasamos de largo la ciudad donde yo solía descender del tren. Hoy mi estación estaba mucho más allá. En una pausa de nuestra conversación, miré por la ventana. No llovía. Lucía un espléndido sol otoñal.

6.10.06

Dime que sí.

Dime que sí. Sueña conmigo.
Vive la ilusión de un presente hecho realidad.
Dime que sí. Abre los ojos.
Saborea la sensación de una sorpresa que llama a tu puerta.

Dime que sí.
Pero no un “si” condicional de miedos y prejuicios.
“Si el sol iluminase más en este día gris oscuro…”
“Si la luna fuese llena y su luz blanquease la noche estrellada…”
Tilda ese “sí”. El miedo se volverá certeza.
Y la certeza explotará a tu alrededor en una sensación de color,
que suavemente trazará pinceladas nuevas en el lienzo de tu vida.

Dime que sí.
Parpadea tus ojos hasta que en la lejanía
escuches el latido de tu corazón.
Tilda ese “sí”. Transforma la condición en certeza.
Cambia el riesgo por ilusión.
Sueña. Vive. Bate las palmas y tararea la canción.

Dime que sí.
¿Por qué?, me preguntas.
Porque sí. Porque quieres. Porque sueñas.
Porque tu corazón ya ha escuchado el sí tembloroso,
pero sincero de mi corazón.