10.10.06

Casualidad.

El viaje en tren por la meseta siempre resulta aburrido. La planicie lo domina todo y el traqueteo de estos trenes que parece que no avanzan resulta monótono.

Aquella mañana el vagón estaba vacío. Era temprano y los quehaceres no habían comenzado para casi nadie. Me senté en una de estas butacas incómodas y saqué de mi bolsa el último libro comprado esperando tener paciencia para aguantar unas páginas de lectura. Seguro que alguna idea me evadiría de aquella monotonía.

A los pocos minutos se sentó frente a mí alguien; un desconocido que por hechos de la buena cortesía me saludó.

Los primeros kilómetros transcurrieron en silencio. Las letras de mi libro bailaban en el bamboleo de este tren que se mecía entre sus raíles. Dejé el libro por el cansancio que me suponía encadenar las palabras y escudriñar las ideas. Las palabras, una vez leídas, seguían con su bamboleo en el interior de mi mente.

Con mi compañero de enfrente nació una conversación sobre gustos, lugares visitados, paisajes vistos, motivos de viaje. Poco a poco el grifo de las palabras se abría y el agua, rica y abundante, fluía a borbotones.

Me contó su historia. Me habló de sí mismo; de sus ilusiones; de sus temores; de las líneas transversales; de los raíles de su existencia. El desconocido dejo de serlo y ese “alguien” se concretó en el milagro de una existencia.

Pero él viajaba más lejos y en la estación siguiente tuve que abandonarle. Creo que no hubo ni un adiós, sino un “ya nos veremos”.

El día en aquella ciudad era gris y recuerdo que llovió y me mojé. Aquella mañana no había cogido el paraguas protector que mantiene seco el cabello.

Volví a mi casa. Pasaron semanas, meses y años. La rutina lo invadió todo pero aquella lluvia de aquella mañana me caló los huesos.

Cuando llueve, cada gota minúscula de agua invade el suelo seco y allí donde no hay asfalto penetra en la tierra, hace crecer la hierba y cambia el paisaje. Normalmente para cambiar una fotografía, vale más una lluvia constante que una torrencial tormenta.

Pasaron semanas, meses y años. Y el paisaje de mi vida se había convertido en algo más verde, algo más norteño debido a esa lluvia interior que constantemente caía en mi alma.

Una tarde de paseo, despistado andando entre la gente, alguien me saludó; pero ni siquiera volví la mirada. No me di cuenta de lo absorto que iba en mis pensamientos. Las historias pasan a nuestro lado y a veces tenemos los ojos en blanco y nuestras pupilas no son capaces de ver dos pasos más allá.

Hoy volvía a coger ese tren hacia la meseta. Un nuevo libro estaba entre mis manos dispuesto al intento de ser leído. Pero una sorpresa, ¿será casualidad?, me esperaba sentado en uno de esos butacones incómodos del vagón de nuevo casi vacío.

“Hombre, ¡cuánto tiempo sin verte!”, dije.

Me respondió: “Te vi el otro día y te saludé. ¿No te diste cuenta?”

El libro no fue abierto esa mañana. Pasamos de largo la ciudad donde yo solía descender del tren. Hoy mi estación estaba mucho más allá. En una pausa de nuestra conversación, miré por la ventana. No llovía. Lucía un espléndido sol otoñal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ya he cambiado la pagina de favoritos y sí, me gusta el último relato ya que me hace recordar a personas que han pasado por ese mi camino de arena y cantos rodados que he vivido, día tras día, semana tras semana y año tras año. Personas que no sabes cómo te vuelves a encontrar haciendo retroceder unas cuantas horas, también llamados años,y parece que nada ha cambiado.

Gracias, Jorge

Un saludo

Igor