17.10.06

El príncipe.

El príncipe era joven. Su nacimiento hace algunos años había llenado de felicidad a un reino que lo esperaba como quien espera al futuro. Había sido mimado desde la infancia y en sus ojos habían quedado grabadas las imágenes de ilustres visitantes; de regalos exóticos y de palabras de halago.

En su formación no se escatimaba en detalles. Habían sido llamados los más famosos matemáticos, historiadores, lingüistas y generales. Había aprendido los fundamentos de la economía; la razón del devenir social; las lenguas de los países cercanos y las reglas de la guerra.

También en su clase de filosofía un anciano le hacía pensar. Eran las clases con las que más disfrutaba porque le hacían volver los ojos continuamente hacia la mirada del alma.

Una tarde el príncipe manifestó al anciano filósofo sus dudas sobre el futuro: “¿Cómo conseguiré ser justo? ¿Cómo mantener la paz? ¿Cómo dirigir el destino de todo un pueblo que siempre me mirará?”

El anciano le respondió: “En unas tierras donde la guerra acechaba un poeta tuvo que huir y perder su casa, su país, su lengua y su vida. Murió a los pocos años en la lejanía de su meseta a la que había cantado, y soñando con la infancia vivida en un patio sureño. Ese poeta dejó escritos para siempre unos versos en los que hablaba del futuro como un camino”.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

“Vamos a aprender algo sobre ese camino”, le propuso el filósofo al príncipe. Y llevó al joven a una pradera. Le pidió que se descalzase y que se pusiese en pie sobre la hierba.

El príncipe hizo el amago de empezar a caminar sobre la hierba, pero el filósofo se lo impidió. “No. No te muevas. Simplemente mantente en pie sobre la pradera y siente”.

Después le llevó a la plaza central de la ciudad y le hizo estar allí unos minutos inmóvil con los pies desnudos.

Poco después le llevó a una playa y le hizo permanecer de pie sobre la arena humedecida por el mar.

Finalmente le llevó a la cuenca llena de guijarros de un río seco y repitió esos minutos de impasibilidad.

Ya en palacio, el filósofo preguntó al joven: “¿Qué sentiste?”

“Primero el impulso instantáneo de andar”, contestó el príncipe. “Después pensé que era absurdo estar con los pies desnudos y quieto. Miré alrededor y vi una montaña inmensa. En su cumbre había una nieve blanca que se dibujaba en el azul de un cielo sin nubes. Más abajo estaban los campos verdes aún por la primavera. Un pequeño rebaño pastaba en la lejanía. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí la humedad bajo mis pies. Sentía como las gotitas de rocío se estremecían entre mis dedos. Algún pequeño insecto recorrió mi pulgar y la hierba que me circundaba cosquilleaba mis talones.

En la plaza me fijé en el monumento dedicado a las gestas bélicas de mis antepasados. Veía las ventanas del palacio que cada día recorría por dentro y sonó la campana de la catedral. Me fijé que pasaba la gente en un ir y venir continuo y casi frenético. Había rumor de niños; ancianos que caminaban más lentamente; gente que iba a sus quehaceres. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí el calor de un sol condensado en el asfalto del suelo. Era liso, duro, sin rugosidades. Quemaba las plantas de mis pies.

En la playa miré el mar. Ese mar inmenso que no tiene confines. Veía la tenue línea del horizonte donde el mar deja de ser mar y el cielo deja de ser cielo. Había algún pequeño barco pesquero faenando en la lejanía. Escuchaba el rumor de las olas que con estridencia acompasada llegaban hasta la playa. Sentí el frescor de una brisa que venía del océano. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que me hundía. Mi peso hacia que la arena se estremeciese bajo mis pies y que como una masa que dejaba de ser uniforme me acogía en su interior. Sentía cómo la humedad salada salía de esa enorme esponja dorada que pisaba y mojaba las puntas de mis dedos y suavemente se deslizaba hacia el mar del que había nacido.

En el río me fijé en el bosque que lo circundaba. Los árboles gemían al compás de un viento que los bamboleaba. Se escuchaba el sonido de la vida de los animales entre la espesura y el verde llenaba mis ojos. Quise escuchar el sonido del agua que saltarina correría por el cauce pero no lo encontré. El río estaba seco. Me ensimismé con estos pensamientos y al momento sentí que las piedras redondeadas por el agua ahora inexistente se metían por entre mis dedos y masajeaban la planta de mis pies. Sentí cada una de esas piedras debajo de mí, individualizadas, hechas materias duras que el tiempo había limado.

“¿Comprendes lo que quería enseñarte?”, preguntó el anciano filósofo.

En el camino de la vida, solemos mirar hacia el horizonte, levantar la vista y buscar hacia dónde va nuestro camino y comprender todo el entorno que nos rodea con su belleza y su agonía.

Sin embargo, la sabiduría nos lleva a no andar por andar, sino a ser conscientes de ese pedazo de suelo que está bajo nuestros pies. Es siempre distinto y siempre igual. Puede ser húmedo o seco; puede ser acogedor o inquietante. Es el palmo de existencia que nos define y que debemos sentir como nuestro.

Sólo cuando hemos sido conscientes de que el camino empieza en el suelo donde están nuestros pies desnudos; sólo entonces, estamos preparados para alzar uno de nuestros pies del suelo de nuestra existencia y dar el primer paso de un camino que no existe, de un camino que se hace realidad desde la conciencia de nosotros mismos; desde la voluntad de tocar, sentir y hacerse de nuevo tierra un metro más adelante.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

POLITA. (osea... bonito)

Anónimo dijo...

Una vez más muy raro el nano, pero se deja leer; es entretenido pero como un segmento de ADN se retuerce en si mismo, en fin, seguiremos esperando la frugalidad prosaica, y si no disfrutando de la complejidad y profundidad conceptual... je, je.