Un día más acudo a la llamada de mi soledad. Busco romper ese ruido que invade la monotonía de la ciudad y camino hacia el silencio que reposa en las aguas estancadas de este pantano cercano.
Es otoño y el color dorado de un atardecer casi permanente comienza a dibujarse en la silueta de unos árboles que se bañan en las aguas tranquilas que llegan casi a mis pies.
El camino está cubierto de hojas muertas en un manto que cruje en cada uno de mis pasos.
La sombra de estos robles que han perdido vigor en su verde primaveral se hace cada vez más alargada mientras el sol tímido cruza un horizonte inmensamente azul camino de otro atardecer.
Es otoño y mientras el ocre de las hojas de los árboles va creciendo al compás de una suave brisa, la hierba, casi marchita por el calor del verano reseco, comienza a verdear.
El agua tranquila y remansada tiembla y el sonido de las aves inunda la atmósfera de un clima de belleza infinita.
Una bandada de patos surca el agua marcando estelas que permanecen unos metros hasta volverse planas. Un pato, tal vez despistado, cruzando el cielo por encima de mí, llega batiendo sus alas hasta acariciar las aguas y buscar la compañía de los suyos.
El agua está baja y cerca de su orilla comienza a despuntar la punta del tronco de un árbol ahogado y las piedras de un muro abandonado.
Recorro unos metros y voy ascendiendo por este camino marcado por su manto dorado otoñal. Vuelvo mis ojos al sol y siento la mirada deslumbrada. Miro abajo, allí donde el agua acaba, allí donde el pantano debería continuar y veo una planicie manchada y reseca que comienza a germinar. El agua está baja y en ese punto es inexistente por la falta de lluvia de estos meses veraniegos.
Y sin embargo, allí, en medio de esta planicie reseca, hay un cauce lleno de agua. Es el río que serpentea en un continuo ir y venir de meandros hasta finalizar en el agua estancada del pantano.
Lo contemplo porque puedo hoy contemplarlo. Pienso que en pocas semanas, con las próximas lluvias y el engrandecimiento de esta agua, el nivel subirá y llenará la planicie hoy reseca. Ese cauce que hoy gira y gira ahí abajo desaparecerá bajo el nivel del pantano. Y sin embargo, ahí estará aunque mis ojos no puedan entonces verlo. Ahí estará el cauce de un río oculto que da contenido a este lago artificial al que vengo en mis momentos de intimidad.
Un día más acudo a la llamada de mi soledad, pero hoy además de ver el agua estancada de mi alma, he visto el cauce de un río oculto que en meandros continuos serpentea y da vida, ahí abajo, en la planicie de mi corazón.
Es otoño y el color dorado de un atardecer casi permanente comienza a dibujarse en la silueta de unos árboles que se bañan en las aguas tranquilas que llegan casi a mis pies.
El camino está cubierto de hojas muertas en un manto que cruje en cada uno de mis pasos.
La sombra de estos robles que han perdido vigor en su verde primaveral se hace cada vez más alargada mientras el sol tímido cruza un horizonte inmensamente azul camino de otro atardecer.
Es otoño y mientras el ocre de las hojas de los árboles va creciendo al compás de una suave brisa, la hierba, casi marchita por el calor del verano reseco, comienza a verdear.
El agua tranquila y remansada tiembla y el sonido de las aves inunda la atmósfera de un clima de belleza infinita.
Una bandada de patos surca el agua marcando estelas que permanecen unos metros hasta volverse planas. Un pato, tal vez despistado, cruzando el cielo por encima de mí, llega batiendo sus alas hasta acariciar las aguas y buscar la compañía de los suyos.
El agua está baja y cerca de su orilla comienza a despuntar la punta del tronco de un árbol ahogado y las piedras de un muro abandonado.
Recorro unos metros y voy ascendiendo por este camino marcado por su manto dorado otoñal. Vuelvo mis ojos al sol y siento la mirada deslumbrada. Miro abajo, allí donde el agua acaba, allí donde el pantano debería continuar y veo una planicie manchada y reseca que comienza a germinar. El agua está baja y en ese punto es inexistente por la falta de lluvia de estos meses veraniegos.
Y sin embargo, allí, en medio de esta planicie reseca, hay un cauce lleno de agua. Es el río que serpentea en un continuo ir y venir de meandros hasta finalizar en el agua estancada del pantano.
Lo contemplo porque puedo hoy contemplarlo. Pienso que en pocas semanas, con las próximas lluvias y el engrandecimiento de esta agua, el nivel subirá y llenará la planicie hoy reseca. Ese cauce que hoy gira y gira ahí abajo desaparecerá bajo el nivel del pantano. Y sin embargo, ahí estará aunque mis ojos no puedan entonces verlo. Ahí estará el cauce de un río oculto que da contenido a este lago artificial al que vengo en mis momentos de intimidad.
Un día más acudo a la llamada de mi soledad, pero hoy además de ver el agua estancada de mi alma, he visto el cauce de un río oculto que en meandros continuos serpentea y da vida, ahí abajo, en la planicie de mi corazón.
2 comentarios:
Jo, me ha gustado, aunque me transmite tristeza a pesar de la metáfora "positiva". Arantxa
Hola J.P.!
Me ha encantado la frase de ........las aguas que me apaciguan por dentro........., en serio, me ha encantado. (Aunque no lea los nanorrelatos, leo tus introducciones....)
Oye, que ya me he apuntado la cita de tu cumple, eh?? muchas gracias, allí estaré.
Un beso grande.
Ruth.
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