19.10.06

El viaje.

Le despertó el ruido de un trueno. Se había adormecido entre el monótono rumor del traqueteo del tren. Abrió las ligeras cortinas que cubrían las ventanas y desempañó con la mano el vidrio. Estaba frío y húmedo.

Las gotas descendían por el cristal a gran velocidad como si fuesen lágrimas. Entre la tenue niebla a penas se podía todavía distinguir el horizonte entrecortado formado por las montañas. Estaba amaneciendo, pero la luz del sol no podía atravesar las siempre presentes nubes otoñales. Tan sólo se notaba el clarear que hacía presagiar el nuevo día.

Casi adormilado recordaba la despedida en la estación la tarde anterior. No quería volver la vista al pasado, pero los pensamientos llegaban a su mente sin poder evitarlos. Recordaba los adioses y las miradas casi sin palabras que se habían entrecruzado antes de salir. Veía todavía las manos alzadas saludando abiertamente. Había esperado con ansiedad que llegase el día de partir, pero esa tarde sentía cierta duda; un hormigueo que recorría su cuerpo; como un querer dar marcha atrás a las manecillas del reloj del tiempo.

Acercó su cara a la ventana hasta sentir la humedad del cristal. Ahora se perfilaba un poco más el horizonte. Los colores quedaban ligeramente enturbiados por el manto de niebla entremezclado con la fina cortina de lluvia. Se podía sentir el verde de las praderas donde se dibujaban algunas vacas. También se veía el dorado de las hojas en los bosques. Pero seguía lloviendo; inundando con nostalgia y melancolía el paisaje.

Apoyó su cabeza en el respaldo duro del sofá. ¿Sofá? Mejor llamarlo asiento. Miró a su alrededor y entre la oscuridad descubrió los rostros de los mismos ocupantes que había visto la tarde anterior al entrar.

“Allí está la monja” , pensó, “anoche desgranaba lentamente las cuentas de su rosario”. Ahora pudo percibir que descansaba dentro de la negrura de su velo y su hábito. Pero aún con la tenue luz de la ventana brillaban las cuentas negras azabaches entre sus manos viejas.

En el otro lado, acurrucada dormía la pareja italiana. Jóvenes. Con mochilas repletas de bártulos que llenaban el compartimento. Él vestía una chamarra de un color que en su día fue rojo. Ella llevaba un jersey en el que se pintaba un dibujo chillón con grandes letras que decían: “Firenze. Guarda la sua bellezza”. Ayer le habían saludado con un “buona sera”. Recordaba que hasta bien entrada la noche les había oído hablar y reír; reír y hablar con ese característico acento toscano.

Cerró los ojos y vio en la lejanía el rostro lloroso de su madre. “Cuídate y escribe pronto”. Entre suspiros, las frases entrecortadas, casi sin sentido, nacían como expresión de su inquietud y nerviosismo. “Abrígate. No cojas un resfriado. No pierdas las maletas. Escribe. Escribe cuando llegues”. Él volvió la cabeza al subir el primer peldaño de la escalerilla y sonrió. Fue una sonrisa entre la complicidad y la sensación de que aquello era lo previsto por su imaginación desde hacía mucho tiempo. Eran las frases que una madre siempre diría a su hijo en una situación como esa. Pero las sentía cargadas de novedad. Fue una sonrisa que encubría sentimientos más profundos, que quería ocultar… fue una sonrisa pretexto.

Un rumor en el pasillo le hizo salir de sus pensamientos. Era un borracho deslizándose torpemente por el corredor con paso vacilante. Se balanceaba golpeando las puertas de los departamentos y musitando sonidos sin sentido, casi imperceptibles. Al pasar a la altura del compartimento seis se pudo ver su silueta marcada por la luz amarillenta del pasillo en las cortinas que cubrían la puerta.

Volvió sus ojos hacia el cristal y perdió su mirada entre el dorado otoñal y el verde de las praderas. Busco el cuaderno algo viejo y manoseado por el uso. Abrió sus páginas al azar. Y se estancó entre pensamientos, entre imágenes pasadas que ahora recobraban otra vez colorido, movimiento y vida.

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