31.10.06

La esponja.

¿Quién no conoce una esponja?

Si nos preguntásemos si sabemos definir una esponja tendríamos que admitir que no las conocemos. Nos hemos habituado a esas masas uniformes de plástico. Conocemos las esponjas artificiales pero tenemos que reconocer que tal vez nunca una de las verdaderas ha acariciado nuestra piel.

Una esponja vive. Vive como vivimos nosotros. No tiene corazón pero su latido a la vida es constante. Es un animal vivo que nace, crece y muere. Ni tan siquiera es una planta, sino que el enjambre acumulado de sus células le hacen ser un animal que navega por el mar de la vida.

La esponja vive del agua. Las gotas saladas de este mar que le da la vida traspasan su membrana porosa y entran a su interior dándole forma y contenido; dándole un peso y una consistencia. De esa agua extrae la vida y la expulsa por su ósculo regenerando esa corriente de vida que continuamente late en su interior.

Utiliza esa agua y sus corrientes para avanzar en el camino del horizonte eterno de su vida. Se posa en las piedras, se arrastra por las arenas y se sumerge en las profundidades del agua que es músculo para su movimiento.

La esponja vive porque acepta el agua exterior adentrándola en su más íntimo ser hasta hacerse uno con cada gota salada de este mar. Saborea sus empujes y late ante su inmensidad.

La esponja vive porque en su interior es mar; mar hecho vida y movimiento.

¡Qué lección tan callada, simple y a la vez sabia me enseña esta esponja que me acaricia!

¡Ojalá también yo fuera consciente de que mis ojos son esa puerta de entrada a las sensaciones de este color en el que me muevo!

¡Ojalá mi lengua saborease esa agua incolora que calma mi sed!

¡Ojalá mis manos sintiesen el frío de una nieve húmeda o el calor de un fuego cercano!

¡Ojalá mis oídos hiciesen temblar a mi corazón ante una música hecha sentimiento!

¡Ojalá por mi nariz penetrase el olor de una vida hecha perfume inmenso!

Entonces, a través de mí mismo sentiría lo que siente la esponja en el mar; que en mí entraría un aliento de vida que late constante, más allá del palpitar de mi corazón.

¿Soy una esponja viva que siente el agua de la vida o soy una masa uniforme de un plástico hecho materia?

Y yo me pregunto una vez más: “¿Quién no conoce una esponja?”

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