Es una mañana espléndida. No se puede desperdiciar gastando sus horas frente al televisor o ensimismado ante las montañas de apuntes que hay que estudiar. Este azul celeste que casi es desconocido se merece algo más.
En mañanas como éstas me gusta tomar el lapicero y dejarle ensuciar la blancura de las hojas con sus garabatos. Sí. Dejarle vagar a sus anchas; libremente por el campo blanco de los folios y que hable, que se exprese sin censura; que nazca con la libertad del río que sale de entre las rocas y se desliza saltimbanqui, juguetón hacia la llanura. Porque los tiempos en que ese río se calme y engorde su caudal ya llegarán. Llegará el momento del acomodamiento, de la serenidad, del discurrir monótonamente hacia la desembocadura inevitable. Pero todavía es tiempo de inconformismo, de saltar entre las piedras, de querer derribar ese pequeño muro de tierra, de escapar, de no quedarse apresado en el embalse. Ese río naciente es mi lápiz como expresión de la mente. Quiero dejarle bailotear en esta luminosa mañana.
Suena la melodía de “Sombrero de tres picos” y así el aire se cubre de una atmósfera oportuna, casi mágica. Puedo levantar los ojos y ver a través del cristal la calle transitada donde se pierden gentes cada uno con su historia. Se cruzan sin mirarse, sin descubrir tras sus ojos esa humanidad, esa sonrisa o llanto que ocupa sus corazones. Somos desconocidos. Somos máquinas deambulantes.
El anciano solitario descansa en el banco ojeando el periódico que le sirve cada mañana para distinguir un día de otro. Se detiene seguramente en la página de las esquelas para tal vez descubrir el nombre de algún conocido que a su lado sobrevivió a la guerra, al hambre y que ahora ha sucumbido ante una gripe. “Don Eugenio López falleció ayer en Barcelona a los 73 años de edad… Doña Josefina Jiménez viuda de Don Eduardo José Pérez falleció ayer en Bilbao a los 68 años de edad habiendo recibido…” “Hoy todos son más jóvenes que yo”, puede pensar esperando que le toque el turno en esa lotería que a todos tarde o temprano nos hace “millonarios”. Suenan ahora en el aire como un presentimiento los acordes y voces del “Réquiem” de Mozart. Al lado del banco del anciano pasa ahora una señora joven, rubia, bien vestida. Viene con el carrito donde duerme su niño. Es la otra cara de la moneda de la vida. Todo es alegría. Todo es renacer, primavera. Va deprisa como si le esperase alguien en casa. Lleva en su mano la bolsa de plástico del supermercado. Ella no tiene tiempo para pararse a leer las necrológicas del periódico; seguramente tendrá “otras cosas en las que pensar”. Sin embargo todavía se escucha el réquiem.
El aire hace sonar a su paso los aplausos de las hojas de los árboles. Están ya doradas en este avanzar del otoño. Algunas ya no cantan caídas en el suelo. Ese colorido, mezcla de verde ya decadente y de amarillo áureo muestra la humanidad de la ciudad que nace de entre la negrura del alquitrán.
El carboncillo va manchando la cuartilla antes blanca. Y de mi mente brotan los pensamientos. ¿Pensamientos? Son esa expresión de lo que los ojos ven; la interpretación de la fotografía transmitida con la fidelidad e imparcialidad de los impulsos nerviosos. Es como la noticia ante el espectador. Todos reciben el mismo mensaje y cada cual lo entiende de una forma diferente.
Todos ven esta calle. Todos ven esta gente. Todos ven este cielo. Pero, ¿qué pensará el viejo aburrido? ¿Qué visión tendrá de este sol espléndido esa señora que galopa con su carro, con su niño y con la compra? Seguramente no serán los mismos pensamientos que rondan por mi cabeza. Y lo más ridículo de todo es que la mayoría de la gente ni dedica un minuto de su tiempo a pensar. Sencillamente no piensan nada. Son animales exracionales.
Esta especie está en amplio desarrollo. Cada vez son más los que cruzan esta jungla de asfalto y cristal. Son como pequeños bonsáis a los que se han cortado las raíces de la intelectualidad y se han quedado enanos, raquíticos racionalmente hablando. Son figuras grotescas dibujadas en los espejos deformados que había en aquellas ferias en los que me gustaba reflejarme hace unos años. Ahora curiosamente ya no hay esas salas de espejos. Será, tal vez, porque no tiene sentido el que figuras grotescas se reflejen en espejos grotescos.
La racionalidad. ¿Qué es eso? Si se hiciese una encuesta televisiva tal vez se podría contestar algo así como “es el juguete ese que anuncian”. “¿La razón? ¿No es esa señora que aparece en las revistas? Sí. Esa que ahora se casa”. Es lógico y normal. Hace tanto tiempo que no se la ve por nuestras calles que su imagen se ha borrado de nuestras mentes. Ya no existe en nuestra cabeza la categoría “razón”.
“¿Es una flor?” Por fin alguien ha dado en el blanco. La razón es esa flor escondida y perdida. Es ese edelwais que nace entre el hielo alpino de las montañas suizas.
Ya decía Platón poniendo en boca de Sócrates en su Teeteto: “Un hombre renuncia a preguntarse si el rey es feliz, o si un propietario de mucho oro es feliz, para considerar la realeza, la felicidad o la desgracia humana en general, su esencia respectiva, la manera como el hombre considera a unas y huye de la otra. Nuestro hombre vulgar tiene un espíritu estrecho y, cuando se trata de responder a estas preguntas filosóficas, se haya confuso. La cabeza le da vueltas, porque ha subido muy alto y no tiene el hábito de mirar desde arriba y se encuentra molesto, apurado, perturbado. Sin embargo, no sucede lo mismo a otros siervos de Tracia, ni a otros ignorantes que están prestos a reír, pues no se dan cuenta de su situación, porque no han recibido una educación diferente de la de los esclavos”.
Nuestros compañeros de camino son siervos de tracia que ríen y ríen y no se preguntan el porqué de su risa. Éstos no se encuentran apurados, avergonzados de su ignorancia, de su irracionalidad, porque sin tan siquiera entienden esos conceptos. Uno mismo es también así.
Voy a saludar más de cerca de este sol otoñal dando un paseo por nuestra Tracia moderna.
En mañanas como éstas me gusta tomar el lapicero y dejarle ensuciar la blancura de las hojas con sus garabatos. Sí. Dejarle vagar a sus anchas; libremente por el campo blanco de los folios y que hable, que se exprese sin censura; que nazca con la libertad del río que sale de entre las rocas y se desliza saltimbanqui, juguetón hacia la llanura. Porque los tiempos en que ese río se calme y engorde su caudal ya llegarán. Llegará el momento del acomodamiento, de la serenidad, del discurrir monótonamente hacia la desembocadura inevitable. Pero todavía es tiempo de inconformismo, de saltar entre las piedras, de querer derribar ese pequeño muro de tierra, de escapar, de no quedarse apresado en el embalse. Ese río naciente es mi lápiz como expresión de la mente. Quiero dejarle bailotear en esta luminosa mañana.
Suena la melodía de “Sombrero de tres picos” y así el aire se cubre de una atmósfera oportuna, casi mágica. Puedo levantar los ojos y ver a través del cristal la calle transitada donde se pierden gentes cada uno con su historia. Se cruzan sin mirarse, sin descubrir tras sus ojos esa humanidad, esa sonrisa o llanto que ocupa sus corazones. Somos desconocidos. Somos máquinas deambulantes.
El anciano solitario descansa en el banco ojeando el periódico que le sirve cada mañana para distinguir un día de otro. Se detiene seguramente en la página de las esquelas para tal vez descubrir el nombre de algún conocido que a su lado sobrevivió a la guerra, al hambre y que ahora ha sucumbido ante una gripe. “Don Eugenio López falleció ayer en Barcelona a los 73 años de edad… Doña Josefina Jiménez viuda de Don Eduardo José Pérez falleció ayer en Bilbao a los 68 años de edad habiendo recibido…” “Hoy todos son más jóvenes que yo”, puede pensar esperando que le toque el turno en esa lotería que a todos tarde o temprano nos hace “millonarios”. Suenan ahora en el aire como un presentimiento los acordes y voces del “Réquiem” de Mozart. Al lado del banco del anciano pasa ahora una señora joven, rubia, bien vestida. Viene con el carrito donde duerme su niño. Es la otra cara de la moneda de la vida. Todo es alegría. Todo es renacer, primavera. Va deprisa como si le esperase alguien en casa. Lleva en su mano la bolsa de plástico del supermercado. Ella no tiene tiempo para pararse a leer las necrológicas del periódico; seguramente tendrá “otras cosas en las que pensar”. Sin embargo todavía se escucha el réquiem.
El aire hace sonar a su paso los aplausos de las hojas de los árboles. Están ya doradas en este avanzar del otoño. Algunas ya no cantan caídas en el suelo. Ese colorido, mezcla de verde ya decadente y de amarillo áureo muestra la humanidad de la ciudad que nace de entre la negrura del alquitrán.
El carboncillo va manchando la cuartilla antes blanca. Y de mi mente brotan los pensamientos. ¿Pensamientos? Son esa expresión de lo que los ojos ven; la interpretación de la fotografía transmitida con la fidelidad e imparcialidad de los impulsos nerviosos. Es como la noticia ante el espectador. Todos reciben el mismo mensaje y cada cual lo entiende de una forma diferente.
Todos ven esta calle. Todos ven esta gente. Todos ven este cielo. Pero, ¿qué pensará el viejo aburrido? ¿Qué visión tendrá de este sol espléndido esa señora que galopa con su carro, con su niño y con la compra? Seguramente no serán los mismos pensamientos que rondan por mi cabeza. Y lo más ridículo de todo es que la mayoría de la gente ni dedica un minuto de su tiempo a pensar. Sencillamente no piensan nada. Son animales exracionales.
Esta especie está en amplio desarrollo. Cada vez son más los que cruzan esta jungla de asfalto y cristal. Son como pequeños bonsáis a los que se han cortado las raíces de la intelectualidad y se han quedado enanos, raquíticos racionalmente hablando. Son figuras grotescas dibujadas en los espejos deformados que había en aquellas ferias en los que me gustaba reflejarme hace unos años. Ahora curiosamente ya no hay esas salas de espejos. Será, tal vez, porque no tiene sentido el que figuras grotescas se reflejen en espejos grotescos.
La racionalidad. ¿Qué es eso? Si se hiciese una encuesta televisiva tal vez se podría contestar algo así como “es el juguete ese que anuncian”. “¿La razón? ¿No es esa señora que aparece en las revistas? Sí. Esa que ahora se casa”. Es lógico y normal. Hace tanto tiempo que no se la ve por nuestras calles que su imagen se ha borrado de nuestras mentes. Ya no existe en nuestra cabeza la categoría “razón”.
“¿Es una flor?” Por fin alguien ha dado en el blanco. La razón es esa flor escondida y perdida. Es ese edelwais que nace entre el hielo alpino de las montañas suizas.
Ya decía Platón poniendo en boca de Sócrates en su Teeteto: “Un hombre renuncia a preguntarse si el rey es feliz, o si un propietario de mucho oro es feliz, para considerar la realeza, la felicidad o la desgracia humana en general, su esencia respectiva, la manera como el hombre considera a unas y huye de la otra. Nuestro hombre vulgar tiene un espíritu estrecho y, cuando se trata de responder a estas preguntas filosóficas, se haya confuso. La cabeza le da vueltas, porque ha subido muy alto y no tiene el hábito de mirar desde arriba y se encuentra molesto, apurado, perturbado. Sin embargo, no sucede lo mismo a otros siervos de Tracia, ni a otros ignorantes que están prestos a reír, pues no se dan cuenta de su situación, porque no han recibido una educación diferente de la de los esclavos”.
Nuestros compañeros de camino son siervos de tracia que ríen y ríen y no se preguntan el porqué de su risa. Éstos no se encuentran apurados, avergonzados de su ignorancia, de su irracionalidad, porque sin tan siquiera entienden esos conceptos. Uno mismo es también así.
Voy a saludar más de cerca de este sol otoñal dando un paseo por nuestra Tracia moderna.
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