30.11.06

La obra.

Era una fría mañana de noviembre. La niebla que ascendía del río llenaba cada horizonte mojando las mejillas. El frío húmedo se condensaba en el ambiente haciendo palidecer los muros de las calles.

Aquel era el último día de trabajo. La obra había luchado por su existencia durante meses. Cada golpe de cincel había sido un latido en el que una muesca de mármol caía al suelo y nacía la esencia de la existencia.

Del arisco pedazo de mármol de Carrara había ido surgiendo esa figura que lentamente nacía a la vida. Primero fue una tenue silueta, después cobró movimiento y expresión, y finalmente hoy llegaba el momento de comenzar a vivir.

El artista se había esmerado. Había luchado contra su apatía; contra su inutilidad y su falta de inspiración. Había creído en sí mismo y en aquel sueño que nadaba en su imaginación. Ahora ese sueño casi respiraba ante él.

Habían pasado días de primavera en el que los pájaros cantarines revoloteaban a su alrededor. Había llegado el calor del verano donde el sudor de su frente y sus manos se mezclaban con el mármol caliente.

Recordaba aquella mañana en la que una muesca le hirió en la mano y su sangre goteó recorriendo el torso suave de un mármol pulido hasta brillar.

Y hoy, finalmente, allí estaba él. Pausado, casi quieto. Contenía la respiración y mantenía en tensión sus músculos. Se notaban sus manos marcadas y su cabello casi ondeaba al viento. Casi caminaba en un paso que quedaría para la eternidad. Casi hablaba en un idioma que resultaría infinito.

El hombre, quieto como su estatua, contenía la respiración y mantenía en tensión sus músculos. Sus manos estaban marcadas por el trabajo del cincel y su cabello humedecido por la niebla le marcaba la cara. Estaba quieto, sin hablar, admirando la realidad de su sueño.

Había nacido su obra. Una obra que traspasaría fronteras, siglos y vidas. Una obra que sería admirada por tantos más allá de su propia existencia. Una obra que haría nacer sentimientos diversos. Al mirarla brotarían nuevos sueños.

De un sueño había nacido y volvería a ser sueños en las vidas de quienes se lo encontrasen.

El artista se volvió a su obra y cruzó una primera mirada. En sus ojos de carne quedaron reflejados para siempre sus ojos de mármol blanquecino. En sus ojos brillantes de mármol puro quedaron grabados como en una última cincelada los ojos húmedos de su autor. Y ambos sonrieron.

Un latido casi imperceptible resonó en el corazón de piedra y como si fuese un milagro entre la densa niebla brilló un rayo de sol.

28.11.06

Ocasos maravillosos.

He vuelto. Mis pies vuelven a pisar la tierra de la cotidianidad. Pero en estas primeras horas mi pensamiento se vuelve hacia estos días que han golpeado su segundero en las tierras itálicas.

Roma caput mundi. Cuando el viento de este mediterráneo sopla desde el oeste en vez del habitual levante; cuando el sol se pone en la lejanía de un mar siempre nuestro; cuando la ciudad de la eternidad me acoge; el aire se vuelve denso.

Las piedras que aún mantienen su verticalidad en los Foros, como un signo de aquel esplendor de lo que fue nuestro origen como cultura, se debaten entre el tráfico denso y caótico de la capital italiana. El Coliseo sigue resquebrado pero majestuoso en su imponente camino hacia el prado verde del Circo Máximo. Cerca, y subiendo una escalera hacia el cielo está la basílica de Araceli, “Ara Caelis” o “altar del Cielo”, donde el camino hacia el horizonte infinito es más evidente.

Sus estrechas calles del Trastévere. Sus plazas. Su vida. Su música, títeres y pinturas en Piazza Navona; el ruido siempre constante de la Fontana de Trevi donde el rumor del agua se confunde con las trompetas de las estatuas; las escaleras llenas de vida de Piazza Spagna; la dualidad de la Piazza del Popolo; la magnificencia del Pantheon con su abertura al cielo, llenan cada suspiro de aire de una existencia que fue, es y será por los siglos de los siglos.

Las vistas del Tíber desde el Castillo de Sant’Angelo. El largo paseo por la Vía della Conciliazione hasta los brazos abiertos de Bernini en su columnata que se adentra en la Basílica de San Pedro. Su cúpula infinita desde la que se admira un atardecer romano. Son reflejos de una luz que iluminan cada rincón del corazón.

Roma. Caput mundi. Piedra angular de nuestra historia que se siente bajo cada uno de nuestros pasos.

Más al norte aparece en mi horizonte Firenze. Florencia, el renacimiento de la belleza. Su colorido Duomo con el mármol blanco, verde y rojo. Su Baptisterio como arco que nos presenta la catedral. Su campanario como dedo que señala el cielo toscano. La verticalidad de la Piazza della Signoria. El Camino del Palacio de los Ufici. El magnífico y único puente “Vecchio” que se mira como Narciso en el río Arno que esta vez recorre la ciudad con inusual fuerza. Los reflejos de una luz colorida sobre las paredes del puente. Y la visión única de un atardecer en la ciudad de la belleza desde la Plaza de Miguel Ángel.

Y Allí donde Italia se vuelve sobre sí misma, donde el Adriático finaliza surge de las aguas Venecia. Venecia, donde el agua besa la tierra. El rumor de los canales transitados por los botes. El peculiar paisaje de una ciudad inundada hasta las puertas. Las góndolas acariciando los sueños de unas aguas dormidas. Las estrechas calles secas donde se pueden tocar sus dos muros a la vez. Sus puentes abiertos al horizonte de una ciudad que descansa en los islotes de la laguna. Y al fondo, más allá del canal, un ocaso maravilloso de un sueño eterno.

Siempre el sol marca la vida y el saludo a una realidad que de vez en cuando se acerca a nuestras miradas. Miradas que como espejos de belleza te sonríen a cada paso.

Arrivederci Roma. Ci vediamo Firenze. Aspettami Venezia. Desde mi rutina hispánica os saludo hasta la próxima.

16.11.06

Ocho con veintinueve.

Ocho con veintinueve. Podría parecer la plasmación de un precio en oferta en época de rebajas en los típicos grandes almacenes.

Ocho con veintinueve. Podría ser esa calderilla que casualmente llevamos en nuestros bolsillos.

Ocho con veintinueve. Podría ser una medida matemática que nos lleva a una ecuación de difícil resolución.

Ocho con veintinueve. Podría ser el peso de esa cantidad de algo que cabe en nuestras manos.

Ocho con veintinueve. Podría ser la distancia en metros que nos separa del objeto de nuestro deseo.

Ocho con veintinueve. Podría ser pero no lo es.

Ocho con veintinueve.

Después de haber nadado nuestras ilusiones en el rumor siempre incesante de la “Fontana de Trevi”, donde la fuerza del deseo se hace agua; y antes de llegar a la bella plaza Navona, donde el presente toma óvalo del Estadio de Domiciano y los ríos de Bernini confluyen en el cruce hecho fuente donde hay que elegir derivar nuestros pasos hacia el Vaticano o hacia el Trastévere Romano. Allí en medio, en una plaza llamada “La Rotonda”, aparece majestuoso el Panteón Romano.


Por fuera sobria masa circular escondida tras el triángulo perfecto de su pórtico clásico. Por dentro, colosal media esfera de dimensiones perfectas.

Clásico entre los clásicos; perfecto entre la perfección; sueño hecho piedra.

Losetas inmensas en su cúpula que disminuyendo en sus medidas van transformando lo rectangular en circular. Planta cilíndrica donde el centro es el punto cero del espíritu.

Y allí dentro, donde reposan algunos espíritus de la historia de Italia, como el genial Rafael, mis pasos se dirigen hacia ese punto cero de la perfección.

Alzo la mirada, y veo el cielo.



En su abertura, la claraboya de luz inunda el espacio, dejando entrar un Sol que brilla resplandeciente en el interior del Templo.

Ese mismo espacio abierto deja entrar la luz titubeante de las estrellas o el intenso brillo de la luna en la tarde invernal romana.

Ese mismo ósculo deja entrar el aire de un horizonte inmenso y a la vez sirve de elevación a la perfección hecha materia.

Cuando llueve en Roma, llueve también en el Panteón. Cuando brilla el Sol en el exterior, brilla también dentro de estos muros sagrados.

Mis pies reposan en el punto cero de la piedra clásica romana. Y encima de mi cabeza, como una extensión del infinito, ocho con veintinueve metros de diámetro de una arquitectura abierta a la naturaleza. Ocho con veintinueve metros de unión entre la creación del hombre y la creación de Dios.

14.11.06

Pista de aeropuerto.

Desde el pequeño monte en la colina, junto al muro de la iglesia que hace cima veo la llanura donde reposan las luces de la ciudad.

El ruido de la carretera donde la vida va y viene continuamente se mezcla con el rumor de fondo de una ciudad que lentamente busca el descanso de la noche.

Ha oscurecido y el sol ya no ilumina en el horizonte. Alguna pequeña estrella titubea y la luna, casi llena, asoma entre la cortina de nubes.

Ahí abajo, en la planicie donde emerge la ciudad, hay varias hileras de luces de colores. Luces azules y blancas que paralelas discurren parejas hacia el horizonte. Es la pista del aeropuerto.

Justo a mi llegada un avión comienza a lanzarse en una carrera rápida hasta alzar el vuelo. Se levanta y luego gira cogiendo el rumbo hacia su destino. Veloz se pierde en la lejanía mezclándose con las estrellas.

Pienso para mí que en esas tierras ahora baldías, donde los frutos no asoman en su costra de cemento; esa tierra iluminada de color por estas hileras de luces pseudonavideñas; en esas tierras de líneas paralelas, los sueños se alzan y descienden, despegando o aterrizando del suelo.

El mismo pedazo de línea recta sirve para dos situaciones distintas y antagónicas.

La masa de hierro la acaricia en velocidad hasta dejar de tocar el mundo y comenzar el vuelo por el cielo infinito de los sueños. Despega la ilusión y se bambolea en sus primeros metros hasta que encuentra su rumbo y se pierde en la lejanía de una masa de estrellas.

El sueño que ha surcado los horizontes inmensos de la nada consigue encontrar ese pedazo de tierra iluminada y se acerca en un descenso vertiginoso hasta tocar el suelo y frenar aterrizando en la existencia de lo real.

La misma hilera de luces iluminadas; la misma recta de tierra; el mismo espacio de luz y asfalto sirve para despegar hacia el horizonte de los sueños y para aterrizar en la realidad de la vida.
a ciudad sigue rumorosa ante mis ojos iluminando el horizonte de la noche. En la carretera cercana, la vida continúa en su constante y rápido ir y venir.

10.11.06

Un nanorrelato regalado.

Bueno... esto no lo he escrito yo... sino que me lo han regalado... Así que... ahí va... el primer nanorrelato no escrito por Jorge.


Hoy es un día especial, diferente al de ayer y distinto al de mañana.

Hoy me gustaría regalarte un cuento, un cuento de príncipes en el que pudieras encontrar el zapato perdido, con una casita y un final feliz.

Hoy me gustaría regalarte una varita mágica con la que poder quitarnos juntos las máscaras y poder mostrar a la gente que todo pasa y todo cambia.

Hoy me gustaría regalarte un espejo en el que por la mañana pudieras ver un despertar elegante y con el que decir: "Aquí estoy yo" aquí y ahora, hoy, y qué!!!.

Hoy me gustaría regalarte un reloj, que diera las horas, los minutos, los segundos como tú quisieras.

Hoy me gustaría regalarte un sol rojo para el atardecer de después y un manto dorado de estrellas que te hicieran un guiño para que pudieras subir a la luna en el tren de tu vida, de nuestra vida, con el que juntos ver nuevos amaneceres, nuevos atardeceres......

Hoy me gustaría regalarte porqués con respuestas para que mañana y no hoy fuera todo mucho más fácil.

Hoy me gustaría regalarte un niño, ese que se pregunta cosas pero que ve la vida con una sencillez y una dulzura estupenda como si toda la gente que tiene a su alrededor quisiera arroparle y protegerle.

Hoy me gustaría regalarte un inmenso mar con todos sus ríos.

Hoy me gustaría regalarte una cámara de fotos, un bosque de hayas, un pantano, un pueblo pequeño perdido en el monte.

Hoy me gustaría regalarte un todo cambia cuando todo pasa.

Hoy me gustaría regalarte todo esto pero no está en mis manos sino en la libertad de las manos de la gente que te rodea al pasar....

Pero hoy sí que quiero/queremos y puedo/podemos regalarte un abrazo y un beso, una muestra de cariño, pequeña y sencilla, aquí y ahora.

Hoy quiero/queremos para ti todo eso y mucho más. Hoy, ayer, mañana, de todo se aprende y de todo se sale.

Hoy te quería regalar este nanorrelato, a tu estilo, con mi estilo.

Hoy es un día especial, diferente al de ayer y distinto al de mañana.

Hoy es hoy, ayer fue ayer, y mañana ya vendrá.

Hoy nos vamos de vinos y pintxos a la gorbea y el tren de nuestra vida continúa.

9.11.06

Efemérides.

Nueve de noviembre.

Hoy no puedo sino hablar del tiempo. En este día donde Madrid se levanta perezoso como cada año en su fiesta de La Almudena.

En esta fecha, en el ya lejano 1863 comenzó a andar por primera vez el primer ferrocarril subterráneo del mundo en la industrial Londres. Nacía el metro.

Jacinto Benavente fue sorprendido un nueve de noviembre de 1922 con la noticia de su Nóbel de Literatura cuando aún le quedaba mucho por escribir para la eternidad.

En esa misma fecha en 1984 se aprobó la ley que posibilitaba la objeción de conciencia y la prestación social sustitutoria que yo pude por ello elegir. ¡Qué lejos nos queda ya este derecho, felizmente caducado por la profesionalización de lo que no debiera existir!

Y aquella noche mágica del nueve de noviembre de 1989, se derribaba piedra a piedra, palmo a palmo el muro de Berlín, el muro de nuestra infamia más reciente. Fue uno de nuestros últimos gritos a favor de la libertad.

Esta misma fecha, en el año de la crisis petrolífera, del cambio de rumbo de la economía mundial elegí existir; o más bien palpité a la vida. Lloré por primera vez y el mundo escuchó mi voz. Existí y viví. Viví y dormí. Dormí y tal vez soñé. Y desperté sonriendo.

Hoy vuelve a ser nueve de noviembre. Y en esta rápida mirada hacia atrás me anclo en el presente y vuelvo a ser consciente de mi existencia. Existo y vivo. Vivo y duermo. Duermo y sueño. Y despierto a un nuevo día sonriendo.

Y mañana más. Un día volverá a ser nueve de noviembre. Esta fecha anclada en mi vida que periódicamente me visita. Será nueve de noviembre. Y como Madrid, despertaré a la vida de manera festiva de esta Almudena (en árabe “Al mudayna”), esta “muralla” llamada nueve de noviembre que atraviesa cada año mi existencia. Existiré y viviré. Viviré y dormiré. Dormiré y soñaré. Y despertaré sonriendo.

7.11.06

Definición de una disyuntiva.

“Ser o no ser, esa es la cuestión”.

¿Quién ha leído con detenimiento el monólogo de Hamlet? ¿Quién sabría enlazar esa primera frase con las palabras posteriores?

“Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro”. Morir: dormir,
nada más.” (…)


El príncipe danés se ve dominado por el destino que le aboca a la soledad y la disyuntiva entre el ser (soportar el destino) o no ser (elegir el propio destino del final). Nada en el pesimismo de la tristeza hecha materia.

“Morir: dormir, nada más”. Y el soñar se hace una pesadilla patética manchada en el cielo gris de Dinamarca donde se mezcla lo existente con el espectro que se le aparece para derivarle en su destino cruel hacia la copa de la muerte.

Ser o no ser, no es la cuestión. Es nuestra propia definición.

“Querer ser o no querer ser, esa es la cuestión verdadera”.

Soñar y sentir, y sonreír a una vida hecha sueño que se mece en las notas de una sinfonía alegre que canta a la vida hecha realidad.

Sonreír y elegir. Elegir entre la disyuntiva de un cielo gris o un azul bondadoso y brillante que finaliza en el mar.

Elegir y querer. Y querer ser definido en una historia positiva que alcanza la eternidad.

Y así, en esa nueva definición de un monólogo cantado en soledad se podrán escribir nuevas páginas de vida, siendo un nuevo Hamlet que sonríe.

“Querer ser o no querer ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma elegir
la sinrazón de una indecisión hecha locura
o nadar en el seno de un mar de infinita presencia
y eternizarse en la existencia. Vivir: soñar,
¿Podría existir algo más?” (…)


Sin duda elegir. Elegir querer ser y demostrar que el brillo de los ojos es la alegría hecha materia de una vida soñada. ¿Podría existir algo más?