Roma caput mundi. Cuando el viento de este mediterráneo sopla desde el oeste en vez del habitual levante; cuando el sol se pone en la lejanía de un mar siempre nuestro; cuando la ciudad de la eternidad me acoge; el aire se vuelve denso.

Las piedras que aún mantienen su verticalidad en los Foros, como un signo de aquel esplendor de lo que fue nuestro origen como cultura, se debaten entre el tráfico denso y caótico de la capital italiana. El Coliseo sigue resquebrado pero majestuoso en su imponente camino hacia el prado verde del Circo Máximo. Cerca, y subiendo una escalera hacia el cielo está la basílica de Araceli, “Ara Caelis” o “altar del Cielo”, donde el camino hacia el horizonte infinito es más evidente.
Sus estrechas calles del Trastévere. Sus plazas. Su vida. Su música, títeres y pinturas en Piazza Navona; el ruido siempre constante de la Fontana de Trevi donde el rumor del agua se confunde con las trompetas de las estatuas; las escaleras llenas de vida de Piazza Spagna; la dualidad de la Piazza del Popolo; la magnificencia del Pantheon con su abertura al cielo, llenan cada suspiro de aire de una existencia que fue, es y será por los siglos de los siglos.

Las vistas del Tíber desde el Castillo de Sant’Angelo. El largo paseo por la Vía della Conciliazione hasta los brazos abiertos de Bernini en su columnata que se adentra en la Basílica de San Pedro. Su cúpula infinita desde la que se admira un atardecer romano. Son reflejos de una luz que iluminan cada rincón del corazón.

Roma. Caput mundi. Piedra angular de nuestra historia que se siente bajo cada uno de nuestros pasos.
Más al norte aparece en mi horizonte Firenze. Florencia, el renacimiento de la belleza. Su colorido Duomo con el mármol blanco, verde y rojo. Su Baptisterio como arco que nos presenta la catedral. Su campanario como dedo que señala el cielo toscano. L
a verticalidad de la Piazza della Signoria. El Camino del Palacio de los Ufici. El magnífico y único puente “Vecchio” que se mira como Narciso en el río Arno que esta vez recorre la ciudad con inusual fuerza. Los reflejos de una luz colorida sobre las paredes del puente. Y la visión única de un atardecer en la ciudad de la belleza desde la Plaza de Miguel Ángel. 

Y Allí donde Italia se vuelve sobre sí misma, donde el Adriático finaliza surge de las aguas Venecia. Venecia, donde el agua besa la tierra. El rumor de los canales transitados por los botes. El peculiar paisaje de una ciudad inundada hasta las puertas. Las góndolas acariciando los sueños de unas aguas dormidas. Las estrechas calles secas donde se pueden tocar sus dos muros a la vez. Sus puentes abiertos al horizonte de una ciudad que descansa en los islotes de la laguna. Y al fondo, más allá del canal, un ocaso maravilloso de un sueño eterno.
Siempre el sol marca la vida y el saludo a una realidad que de vez en cuando se acerca a nuestras miradas. Miradas que como espejos de belleza te sonríen a cada paso.

Arrivederci Roma. Ci vediamo Firenze. Aspettami Venezia. Desde mi rutina hispánica os saludo hasta la próxima.
3 comentarios:
¿Todo eso hemos disfrutado? ¿He estado allí? Gracias de nuevo.Igor
Italia... ¿qué decir de Italia que no se haya dicho ya, que no se haya gritado, sentido o suspirado?
Permítaseme la osadía de asegurar que, en cambio, Italia no puede reducirse a tres ciudades (como tres soles, pero sólo tres): Siena, Perugia, Bolonia, Pisa, Milán, Verona y un largo etcétera de templos abiertos a la belleza.
Qué ganas de volver, qué arrepentimiento por el Erasmus fallido.
Que bella es Italia cuando has suspirado en sus calles, me has hecho revivir todo cuanto en mi mente había desaparecido. Tienes una sensibilidad especial al narrar con palabras tan bellas lo que el ojo no puede recordar pero si el corazón. Sigue haciendonos soñar y fluir con tus relatos. gracias.Ika
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