16.11.06

Ocho con veintinueve.

Ocho con veintinueve. Podría parecer la plasmación de un precio en oferta en época de rebajas en los típicos grandes almacenes.

Ocho con veintinueve. Podría ser esa calderilla que casualmente llevamos en nuestros bolsillos.

Ocho con veintinueve. Podría ser una medida matemática que nos lleva a una ecuación de difícil resolución.

Ocho con veintinueve. Podría ser el peso de esa cantidad de algo que cabe en nuestras manos.

Ocho con veintinueve. Podría ser la distancia en metros que nos separa del objeto de nuestro deseo.

Ocho con veintinueve. Podría ser pero no lo es.

Ocho con veintinueve.

Después de haber nadado nuestras ilusiones en el rumor siempre incesante de la “Fontana de Trevi”, donde la fuerza del deseo se hace agua; y antes de llegar a la bella plaza Navona, donde el presente toma óvalo del Estadio de Domiciano y los ríos de Bernini confluyen en el cruce hecho fuente donde hay que elegir derivar nuestros pasos hacia el Vaticano o hacia el Trastévere Romano. Allí en medio, en una plaza llamada “La Rotonda”, aparece majestuoso el Panteón Romano.


Por fuera sobria masa circular escondida tras el triángulo perfecto de su pórtico clásico. Por dentro, colosal media esfera de dimensiones perfectas.

Clásico entre los clásicos; perfecto entre la perfección; sueño hecho piedra.

Losetas inmensas en su cúpula que disminuyendo en sus medidas van transformando lo rectangular en circular. Planta cilíndrica donde el centro es el punto cero del espíritu.

Y allí dentro, donde reposan algunos espíritus de la historia de Italia, como el genial Rafael, mis pasos se dirigen hacia ese punto cero de la perfección.

Alzo la mirada, y veo el cielo.



En su abertura, la claraboya de luz inunda el espacio, dejando entrar un Sol que brilla resplandeciente en el interior del Templo.

Ese mismo espacio abierto deja entrar la luz titubeante de las estrellas o el intenso brillo de la luna en la tarde invernal romana.

Ese mismo ósculo deja entrar el aire de un horizonte inmenso y a la vez sirve de elevación a la perfección hecha materia.

Cuando llueve en Roma, llueve también en el Panteón. Cuando brilla el Sol en el exterior, brilla también dentro de estos muros sagrados.

Mis pies reposan en el punto cero de la piedra clásica romana. Y encima de mi cabeza, como una extensión del infinito, ocho con veintinueve metros de diámetro de una arquitectura abierta a la naturaleza. Ocho con veintinueve metros de unión entre la creación del hombre y la creación de Dios.

1 comentario:

Fer dijo...

Enhorabuena por el artículo, Jorge, que se merece más nota que un ocho con veintinueve.
Gracias, además, por recordarme la majestuosidad del Panteón, su redondez perfecta tras unos muros colosales, lo liviano de una arquitectura de exterior engañoso y ese vano, esos ocho con veintinueve metros, que nos acercan el cielo protector.