Desde el pequeño monte en la colina, junto al muro de la iglesia que hace cima veo la llanura donde reposan las luces de la ciudad.
El ruido de la carretera donde la vida va y viene continuamente se mezcla con el rumor de fondo de una ciudad que lentamente busca el descanso de la noche.
Ha oscurecido y el sol ya no ilumina en el horizonte. Alguna pequeña estrella titubea y la luna, casi llena, asoma entre la cortina de nubes.
Ahí abajo, en la planicie donde emerge la ciudad, hay varias hileras de luces de colores. Luces azules y blancas que paralelas discurren parejas hacia el horizonte. Es la pista del aeropuerto.
Justo a mi llegada un avión comienza a lanzarse en una carrera rápida hasta alzar el vuelo. Se levanta y luego gira cogiendo el rumbo hacia su destino. Veloz se pierde en la lejanía mezclándose con las estrellas.
Pienso para mí que en esas tierras ahora baldías, donde los frutos no asoman en su costra de cemento; esa tierra iluminada de color por estas hileras de luces pseudonavideñas; en esas tierras de líneas paralelas, los sueños se alzan y descienden, despegando o aterrizando del suelo.
El mismo pedazo de línea recta sirve para dos situaciones distintas y antagónicas.
La masa de hierro la acaricia en velocidad hasta dejar de tocar el mundo y comenzar el vuelo por el cielo infinito de los sueños. Despega la ilusión y se bambolea en sus primeros metros hasta que encuentra su rumbo y se pierde en la lejanía de una masa de estrellas.
El sueño que ha surcado los horizontes inmensos de la nada consigue encontrar ese pedazo de tierra iluminada y se acerca en un descenso vertiginoso hasta tocar el suelo y frenar aterrizando en la existencia de lo real.
La misma hilera de luces iluminadas; la misma recta de tierra; el mismo espacio de luz y asfalto sirve para despegar hacia el horizonte de los sueños y para aterrizar en la realidad de la vida.
El ruido de la carretera donde la vida va y viene continuamente se mezcla con el rumor de fondo de una ciudad que lentamente busca el descanso de la noche.
Ha oscurecido y el sol ya no ilumina en el horizonte. Alguna pequeña estrella titubea y la luna, casi llena, asoma entre la cortina de nubes.
Ahí abajo, en la planicie donde emerge la ciudad, hay varias hileras de luces de colores. Luces azules y blancas que paralelas discurren parejas hacia el horizonte. Es la pista del aeropuerto.
Justo a mi llegada un avión comienza a lanzarse en una carrera rápida hasta alzar el vuelo. Se levanta y luego gira cogiendo el rumbo hacia su destino. Veloz se pierde en la lejanía mezclándose con las estrellas.
Pienso para mí que en esas tierras ahora baldías, donde los frutos no asoman en su costra de cemento; esa tierra iluminada de color por estas hileras de luces pseudonavideñas; en esas tierras de líneas paralelas, los sueños se alzan y descienden, despegando o aterrizando del suelo.
El mismo pedazo de línea recta sirve para dos situaciones distintas y antagónicas.
La masa de hierro la acaricia en velocidad hasta dejar de tocar el mundo y comenzar el vuelo por el cielo infinito de los sueños. Despega la ilusión y se bambolea en sus primeros metros hasta que encuentra su rumbo y se pierde en la lejanía de una masa de estrellas.
El sueño que ha surcado los horizontes inmensos de la nada consigue encontrar ese pedazo de tierra iluminada y se acerca en un descenso vertiginoso hasta tocar el suelo y frenar aterrizando en la existencia de lo real.
La misma hilera de luces iluminadas; la misma recta de tierra; el mismo espacio de luz y asfalto sirve para despegar hacia el horizonte de los sueños y para aterrizar en la realidad de la vida.
a ciudad sigue rumorosa ante mis ojos iluminando el horizonte de la noche. En la carretera cercana, la vida continúa en su constante y rápido ir y venir.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario