Ahí estaban, quietos, silenciosos, separados.
En un ángulo oscuro y perdido de la habitación reposaban silenciosos los zapatos.
Los cordones ligeramente enmarañados en giros sobre sí mismos. El cuero negro con una sutil capa de polvo grisáceo.
El zapato derecho miraba al norte, enfocado a la luz de la ventana que dejaba entrar algún tímido rayo de un sol de invierno que a penas calentaba.
El zapato izquierdo, separado unos centímetros, casi se escondía debajo de una cama cuyo edredón peinaba el suelo.
Allí, cada uno en su espacio, reposaban silenciosos y quietos los zapatos.
Cuando el destino les volviera a llamar y a caminar en su mundo de eternos paralelismos en pasos uniformes, serían previamente mimados con el betún negro que les acariciaba hasta sacar lo mejor de sí; un reflejo brillante de cuero casi esmaltado.
Ahora el polvo de la ciudad les maquillaba en una sutil capa de plomizo asfalto. La lluvia les había ensuciado y sus lágrimas en el cuero reflejaban las arrugas de su ancianidad.
Las suelas habían gemido en cada uno de sus pasos, dejándose su esencia de piel en las baldosas y bordillos del camino.
Conocían bien la ciudad y sus calles porque las habían hecho suyas.
Pero hoy, ahí reposaban, en esos pequeños escondites de la habitación, soñando con nuevos caminos y nuevas pisadas; con nuevas luces de un sol que abrasaba el asfalto hasta deshacerlo y hacerlo pegajoso y con la humedad de una lluvia que hacía llorar las calles en surcos de lágrimas manchadas hasta las alcantarillas.
Hoy silenciosos y quietos; ensimismados cada uno en sus pensamientos de cuero seco; separados de sus mundos paralelos; en aquel ángulo oscuro de la habitación, descansaban los zapatos.
En un ángulo oscuro y perdido de la habitación reposaban silenciosos los zapatos.
Los cordones ligeramente enmarañados en giros sobre sí mismos. El cuero negro con una sutil capa de polvo grisáceo.
El zapato derecho miraba al norte, enfocado a la luz de la ventana que dejaba entrar algún tímido rayo de un sol de invierno que a penas calentaba.
El zapato izquierdo, separado unos centímetros, casi se escondía debajo de una cama cuyo edredón peinaba el suelo.
Allí, cada uno en su espacio, reposaban silenciosos y quietos los zapatos.
Cuando el destino les volviera a llamar y a caminar en su mundo de eternos paralelismos en pasos uniformes, serían previamente mimados con el betún negro que les acariciaba hasta sacar lo mejor de sí; un reflejo brillante de cuero casi esmaltado.
Ahora el polvo de la ciudad les maquillaba en una sutil capa de plomizo asfalto. La lluvia les había ensuciado y sus lágrimas en el cuero reflejaban las arrugas de su ancianidad.
Las suelas habían gemido en cada uno de sus pasos, dejándose su esencia de piel en las baldosas y bordillos del camino.
Conocían bien la ciudad y sus calles porque las habían hecho suyas.
Pero hoy, ahí reposaban, en esos pequeños escondites de la habitación, soñando con nuevos caminos y nuevas pisadas; con nuevas luces de un sol que abrasaba el asfalto hasta deshacerlo y hacerlo pegajoso y con la humedad de una lluvia que hacía llorar las calles en surcos de lágrimas manchadas hasta las alcantarillas.
Hoy silenciosos y quietos; ensimismados cada uno en sus pensamientos de cuero seco; separados de sus mundos paralelos; en aquel ángulo oscuro de la habitación, descansaban los zapatos.
1 comentario:
Eres capaz de hacer lo más simple en algo grande y cercano. Un abrazo. Víctor.
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