26.3.07

El primer índice.

Pasito a pasito se ha llegado al nanorrelato número cien. Todo comenzó un día en un zoco comprando regalada una vasija de barro.

He hablado de atardeceres; de segundos, minutos y horas; de relojes.

He hablado de montañas, de ríos y de mares.

He hablado de horizontes infinitos y pequeñas cosas que se podían tocar con la mano, como las pequeñas piezas de un puzzle que encajan a medida.

He cruzado fronteras; he marcado lugares mágicos; he descubierto pensamientos.

He sonreído; he reído y he llorado.

He sentido.

Me he hecho preguntas sobre el porqué de las cosas; sobre las estrellas y la luna; sobre la ventana y el pasar del tiempo.

He visto árboles, he visto caminos, he visto bosques que majestuosos me saludaban con el baile de sus hojas.

He notado la niebla ascender por entre las piedras y he contemplado el vuelo de un pájaro sobre mis pensamientos.

He gozado y he sufrido.

He hablado y he callado. He sentido el silencio y su belleza.

He contemplado el ayer; he visitado continuamente el hoy; he sentido acercarse el mañana.

He soñado. Sobre todo he soñado. Cada sueño se ha transformado en pensamiento, en palabra, en frase, en cuento. Y en cada historia, esos sueños se han hecho realidad.

He vivido cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. He vivido cada experiencia que se acercaba a mí en forma de ilusión, de pensamiento y de palabra.

Vivir y soñar. Soñar y vivir. Viviendo mis sueños en realidades; y soñando mi vida en ilusiones.

He ahí la realidad. He aquí este primer índice compartido. Y con él llega el punto y a parte de esta historia. Punto y seguido de una vida.

Comenzará un nuevo párrafo, pero… eso ya es otra cosa. O tal vez lo mismo; porque tras esta noche, mañana amanecerá y será el mismo sueño; será el mismo latir, el mismo corazón, la misma maravillosa vida que de nuevo llama a la puerta.

18.3.07

La carta.

Eran tiempos de guerra. Un joven tuvo que dejar su trabajo en el pequeño pueblo inglés y partir al continente para defender una historia, una ideología y una manera de vivir.

Detrás quedaba su casa, su trabajo de artesano, su familia, sus paisajes y aquel ser que amaba. Sus cabellos eran rojizos y sus ojos azules. Su sonrisa límpida y su tono de voz cándido. Se llamaba Elisa.

Se habían conocido de siempre, pero en los últimos meses habían intimado y ahora sus vidas discurrían serenas pero rápidas hacia un futuro común.

Hoy, el rumor de las bombas inundaba un nuevo paisaje frío y tosco. Sus pensamientos corrían veloces hacia su Inglaterra y descansaban entre los brazos de su amada. Las ráfagas de metralla silbaban a su alrededor a escasos centímetros de su cabeza. Había visto morir a compañeros que le habían contado sus sueños. Había visto como la tierra se manchaba de sangre y como las cenizas de la muerte invadían los campos que gemían desde sus entrañas.

Esa noche, en la humedad solitaria de la noche, en una calma aparente de silencio, cogió un papel y escribió una carta.

“Te quiero con locura. Sin ti no podría ni respirar. Llenas mi corazón. Apaciguas los sonidos que me rodean. Y tu susurro llega claramente a mi alma. Elisa, volveré a ver el sol amanecer en nuestro acantilado y en uno de esos amaneceres nos casaremos y seremos felices”.

Soñando cerró la carta y la entregó al militar que las juntaba con todas las escritas esa semana, las llevaba a la ciudad más cercana y desde allí los servicios postales las distribuían hasta sus destinos.

Era un sobre amarillento, casi enmohecido por el tiempo. La humedad de sus solapas estaba reseca y sus bordes se despegaban sin esfuerzos. El cartero francés se encontró ese pedazo de papel en un rincón polvoriento tras el armario de distribución. Abandonaban la vieja estafeta para ir a una sucursal nueva recién inaugurada por el alcalde. Había importantes innovaciones tecnológicas que permitirían el tráfico en tiempo record de las cartas. Aquella mañana de enero, recogiendo los últimos archivos y cajas, el armario había cedido y al desplomarse ruidoso en la habitación había dejado el suelo sobre el que había reposado durante años al descubierto y en él ese sobre amarillento que ahora tenía el cartero en sus manos.

Leyó la carta y descubrió que era del lejano 1916 de tiempos de la Gran Guerra. Parecía la declaración de amor de un soldado británico que peleaba en la batalla del Somme. Muchos británicos habían muerto en aquella lucha. El cartero soñó y en sus sueños, como en una película, se preguntó si aquel soldado había muerto en la guerra o si vivo había regresado a su tierra. Se preguntó si su amada le había esperado y habían podido vivir una existencia juntos. Se preguntó cómo sería el fin de esa historia. Y por un momento una duda le asaltó: ¿acaso aquella carta extraviada había cambiado el sentido de dos vidas?

En el sobre amarillento se dibujaba claramente todavía una dirección de Inglaterra. Volvió la carta y en el reverso escribió una frase. Dejó la carta en el montón de la correspondencia diaria y abandonó la oficina. Mañana su lugar de trabajo sería ya nuevo.

Tres días más tarde, otro cartero golpeó la puerta de madera vieja de una casa en una población cercana a Londres. Una anciana caminó despacio y abrió la puerta. El cartero le ofreció la carta; una carta amarillenta y descuidada. La anciana se preguntó quién le escribiría desde Francia. Se tumbó en el sofá de la sala de estar junto al fuego, buscó sus gafas de lectura y abrió el sobre. Leyó cada línea y necesitó unos segundos de eternidad para entender qué sucedía.

Aquel soldado volvió de la guerra. Elisa le esperaba y una mañana soleada de primavera se habían casado en la pequeña iglesia del pueblo. Retomó su taller y la vida siguió su curso. Nació Teresa, la niña de su vida. Tenía la misma mirada de su madre y sus cabellos aterciopelados. Pasaron los años, otra guerra, muchos acontecimientos, alegrías y penas.

Aquel soldado murió de viejo, un par de años después de su mujer. Su hija Teresa era ahora aquella anciana que sentada en su sofá leía de nuevo una historia narrada infinitas veces en su infancia. Aquella historia de amor que su padre le contaba siendo niña para que durmiese tranquila se veía convertida ahora en realidad palpable de una hoja amarillenta manchada por la letra temblorosa de un soldado que soñaba con el amor. Su amor se realizó y se vivió; y lejos de consumirse, había perdurado en el latir del corazón su hija Teresa.

La anciana dobló el papel y descubrió una frase más reciente escrita al dorso de la carta. Sorprendida volvió a acomodarse sus gafas y leyó. “Sé que voy muy mal de tiempo; pero espero que sea lo suficientemente pronto para no llegar demasiado tarde”. Era la frase escrita por el cartero francés la semana anterior.

Una lágrima se escapó de sus ojos azules, se acarició su pelo rojizo y musitó en un suspiro de felicidad: “No. No has llegado tarde. Has llegado justo a tiempo”.

Desde la otra habitación se escucharon pasos acelerados. Una niña con el cabello pelirrojo y los mofletes colorados corría alegremente. “¿Quién era abuela?”

Y Teresa, con una dulce sonrisa, le dijo: “Ven aquí Elisa, que te voy a contar una historia”.

7.3.07

Bostezos.

Nos acompañan siempre y nos saludan mucho más que los “holas”. Los vemos en el metro, en el autobús, en la persona que nos atiende en el banco, en el carnicero o la frutera. Son a menudo las cartas de presentación de la gente que nos encontramos. Son los bostezos.

Un amigo le cuenta a otro aquella sensación extraña de soledad que siente en su corazón; busca el apoyo de alguien que le quiera; una conversación más trascendente que los resultados de la última jornada de primera división. Y, ¿qué se encuentra enfrente? Un generoso bostezo.

Un inmigrante ha recorrido a pie dos mil kilómetros por la áspera tierra africana hasta ver el mar. Desde allí contempla con esperanza su peculiar tierra prometida. Y tras una noche de viento y frío en un cascarón al que llaman patera llega a una playa. ¿Cuál es el primer saludo en las nuevas tierras? Un bostezo de indiferente acogida.

Nace un nuevo niño; una esperanza a la vida. Es un llanto que el mundo no había oído. Será una nueva historia; un nuevo desafío a lo increíble. En la habitación de al lado muere un viejo. Concluye su camino. Suspira por última vez el aire de la vida. Finaliza su ciclo y su corazón da su última campana, su último latido. Mientras, una enfermera, llevando su carro lleno de apósitos por el pasillo donde la vida saluda y se despide a la vez, instintiva e inconscientemente bosteza aburrida.

Sale el sol entre las nubes y comienza a brillar salpicando de belleza la naturaleza que nos rodea. Impregna el verde de los árboles con unas sensaciones especiales. Cantan los pájaros y el viento mece cada uno de los millares de hojas del bosque en una sinfonía única. Y yo, que corriendo pienso en los avatares de la vida cotidiana, no me sorprendo, sino que cansado lleno ese momento de un tedioso bostezo.

Hemos olvidado el milagro de cada segundo; el reflejo de cada instante; la sinrazón de lo que es único e irrepetible. Hemos olvidado la belleza de cada suceso; el brillo de cada secuencia que salpica nuestra jornada. Hemos olvidado el todo y sucumbimos en la nada.

Nada nos sorprende. Nada nos interesa. Nada nos apasiona. Nada nos ilusiona. Nada nos hace soñar y perdernos en la inmensidad de la existencia.

Perdemos en la monotonía cada milagro de nuestra existencia. Rutinizamos lo que nunca volverá a latir en nuestra vida. Cotidianizamos cada paso de nuestro camino. Caemos en el absurdo de no valorar cada pequeña novedad que nos salpica en el rostro.

Bostezos a la vida.

¿Vivir y soñar? o ¿vivir y bostezar?

Propongo una nueva campaña: un día sin bostezos. Un día en el que nuestros ojos sean como los de un niño pequeño; muy abiertos, muy redondos, impresionados por aquello que en cada esquina nos saluda y nos resulta nuevo.

Propongo unas cejas levantadas al son de la melodía de la sorpresa.

Propongo una sonrisa limpia que salude a cada persona que nos hable esta mañana.

Propongo ser conscientes del milagro de cada instante, de la belleza de lo pequeño, del equilibrio inconstante de la vida, de la naturaleza graciosa y juguetona, de los sonidos que invaden nuestros tímpanos, de los colores que trazan pinceladas en la pupila de nuestros ojos, de la lluvia en nuestra cara, de las sensaciones en nuestra alma…

Propongo un día de continua sorpresa; de imaginación desbordada; de ilusión apasionada.

Conectemos nuestros sentidos y vivamos este instante, este segundo irrepetible que tras gozarlo caerá en nuestro recuerdo, en nuestra caja de lo vivido, en el país del “nunca jamás”.

Propongo que vivamos un día, tal vez sólo un día en nuestra vida; pero todo un día entero sin ni tan siquiera un ligero bostezo.

4.3.07

Érase una vez.


Érase una vez un mundo feliz; un mundo donde nadie pasaba hambre; un mundo donde la injusticia no existía; no existían las falsedades, ni las diferencias estúpidas.

Érase una vez un mundo donde el color importaba y mucho. No existía el hombre blanco, ni el hombre negro; sino que todo era de pinceladas de colores vivos que reflejaban la belleza de un sol sobre las cabezas de una única humanidad.

Érase una vez un mundo donde el ruido más estridente era el sonido de un violín que se estremecía de sensaciones junto al acantilado del atardecer. Los jilgueros cantaban las melodías de la vida. Los árboles bailaban al compás del viento. Y el corazón latía ruidoso en el interior de cada cuerpo.

Érase una vez un mundo de sensaciones vivas. Un mundo de locuras hechas realidad; de sueños soñados y esculpidos en la pizarra de esta noche pasada.

Érase una vez un mundo que sonreía entre dos milagros cada día: un amanecer espléndido y novedoso; y un atardecer nostálgico y lleno de romántico misterio. Entre estos dos milagros surgían sorpresas continuas como un “hola”, una sonrisa, un “voy contigo” o un “te quiero”.

Érase una vez un mundo en el que el castillo de arena de la playa se desdibujaba al recibir en sus entrañas las caricias de una ola salada. La arena se deshacía y se mezclaba en la inmensidad infinita de un mar eterno.

Érase una vez un mundo donde los cuentos eran realidades. Alicia ya no soñaba, sino que describía mostrando su país de las maravillas. Hansel contaba a Grétel lo increíble que es el sabor de una casa de chocolate mientras se acercaban golosos al alfeizar de la ventana. Caperucita corría con sus ilusiones a visitar a una abuela impaciente por acariciar entre sus dedos la ternura de la infancia. Pulgarcito dormía acomodado en su caja de cerillas soñando con la grandeza del fuego. Cenicienta brillaba de belleza como lo hacen sus zapatos de cristal cuando les da el sol y escuchaba las doce campanadas no de una medianoche de fiesta, sino de un mediodía de vida. Blancanieves compartía sus ilusiones con la sencillez de lo pequeño.

Érase una vez un mundo donde los príncipes no eran sólo azules, sino de colores diversos. Las ranas saltaban orgullosas enseñando el valor de una mirada intensa. El lobo aullaba para que las montañas devolviesen el eco de su alegría. Las casas ya no eran de paja o de madera, sino de un ladrillo cocido nacido de la tierra. En los restaurantes siempre había un menú donde se ofrecían perdices. Érase una vez un mundo donde todos eran felices.

Érase una vez un mundo donde lo soñado era real; lo deseado estaba ahí delante; lo anhelado se degustaba; y lo compartido se multiplicaba por dos.

Érase una vez un mundo así. Se llamaba “Planeta Tierra”; y es el mundo que está tras nuestra ventana.

Hoy me he levantado, he abierto esta ventana, he visto renacer el sol, he sonreído y he pensado: “¿Por qué no conseguimos verlo y gozarlo, si está ahí, puntual, como cada mañana?”

28.2.07

Ditirámbico.

El concursante al escuchar la pregunta se quedó callado.

¿La definición de ditirámbico o ditirambo es?:
a) Un objeto punzante que se utiliza en la pesca para remendar y coser las redes.
b) El color que queda en un horizonte limpio tras el último de los rayos del sol al atardecer.
c) Una alabanza exagerada. Encomio excesivo.
d) Una fracción de tiempo medida de manera matemática teniendo en cuenta la velocidad de la luz en un medio salino.

¿Ditirambo? ¿Ditirámbico?

Tenemos expresiones que nunca usamos. Palabras que ni tan siquiera soñamos. Sílabas sin imágenes que recordar. Letras unidas sin pulso latente en nuestras vidas.

El tiempo corría en su contra y la mente se aceleraba en viajes neuronales buscando lo desconocido.

¿Ditirambo? ¿Ditirámbico?

Tal vez si me hubiesen preguntado por la última noticia; la última tentativa de paz en oriente medio; la canción de moda; los colores de la bandera sueca; el resultado del último Madrid-Barça… eso sí, de baloncesto…

¿Ditirambo? ¿Ditirámbico?

Hubiera querido tener unas redes bien entrelazadas por ese punzón mágico. Tal vez en mi barco a la deriva por el horizonte de un atardecer hubiera visto esa última imagen mágica de un sol que se esconde tímido y tembloroso en el mar infinito. Y tras ese último rayo de vida hubiese adivinado el color del cielo del ocaso. Hubiera alabado exageradamente a la vida por tanta belleza encerrada en un gesto. Y en esa fracción de tiempo, en ese segundo de nada, en el que el agua salada del mar es traspasada por la luz que muere en el atardecer, hubiera encontrado la respuesta a este interrogante.

¿Ditirambo? ¿Ditirámbico?

Suena el gong del tiempo acabado. Una respuesta al azar. ¿Será la verdadera?

Dime… ¿tú que elegirías?

Tal vez he alabado exageradamente tu inteligencia creyendo que conoces la respuesta. Era, tal vez, un encomio excesivo por mi parte. Y ahora que te lo he dicho, ¿te atreverías a definir encomio? El premio: una sonrisa de las mías.

25.2.07

Buenas noches y Buenos días.

Buenas noches. Good night. Bona nit. Gabon. Boas noites. Buona notte.

La sombra se ha alargado y la oscuridad invade cada rincón del firmamento. Comienza el reino de los sueños. Las lechuzas nos miran con sus ojos tan redondos como esta luna que nos saluda desde la lejanía. Las estrellas danzan salpicando el universo. El rumor de la vida que duerme sirve de compás en la espesura del bosque. Las aguas reposan calmadas y quietas acariciando la arena que húmeda duerme junto a mis pies.

El tiempo se detiene. Los colores se pierden. Los sabores no se perciben. Los olores se estancan en la lejanía. Se puede escuchar este silencio. Nos acaricia la cara la noche inmensa.

Buenas noches. Que sueñes bien, como los angelitos. Que descanses. Hasta mañana.




Buenos días. Good morning. Bon dia. Egunon. Bos días. Buon giorno.

El sol comienza a estirar cada uno de sus rayos en la creación. Comienza el reino de la vida. Los pájaros corretean y cantan en las ramas de los árboles. La luna se eclipsa ante la belleza de un sol espléndido que brilla en el horizonte. Las estrellas se ocultan bajo el manto azul salpicado de nubes de algodón. El rumor de la vida palpita en el agua de este arroyo que salta caminando hacia un mar infinito; un mar de olas continuas que en vaivenes de espuma blanca acarician la arena húmeda que siento bajo mis pies.

El tiempo corre alrededor. Los colores manchan en pinceladas cada cosa. Los sabores se sienten a cada paso. El olor estremece mis sensaciones. Se escucha el rumor de la vida. Me acaricia la cara el calor de esta mañana que levanta.

Buenos días. Ha amanecido. Brilla el sol. Tienes delante un nuevo día. Sonríe y disfruta de la vida.

22.2.07

Amor eterno.

Estos días he escuchado una frase que me ha llamado la atención y como un eco ha resonado en las paredes de mi interior.

“Con amor eterno te amaré hoy.”

Pensé “¡qué contradicción!”. Unir lo eterno con el hoy. Habría leído mal. Habría escuchado mal. No puede ser.

Prometemos tantas cosas. Prometemos muchos futuros. Atesoramos esperanzas. Ambicionamos ilusiones en nuestro horizonte que se ve a lo lejos en el mañana.

Decimos palabras bonitas que hacen sonreír.

“Todo mejorará mañana”.

“La semana que viene nos vemos”.

“El mes de agosto, con el calorcito, descansaremos en la playa”.

“El año que viene nos casaremos”.

“Dentro de tres años nacerá nuestro hijo”.

“De mayor quiero ser médico”.

“Te querré siempre”.

Buscamos el futuro y ambicionamos la eternidad. Las mayores promesas se han hecho sobre el mañana. Son promesas a uno mismo y a los que nos quieren.

Pero el mañana es inexistente; o más bien, existe sólo en el sueño del hoy.

Escuché esa frase. “Con amor eterno te amo hoy”. Escuché esa frase y pensé que mi mirada era infinita sobre la pisada y el paso de este momento. Y en este instante, todo lo posible se hace realidad.

Lo eterno se cristaliza en una gota de rocío que brilla ante este sol que se levanta en el horizonte de hoy.

El mejor sueño bosteza perezoso ante el sonido del tictac de mi despertador.

Y será hoy; precisamente hoy; en este instante marcado por el segundero; hoy será el momento en el que lo eterno se haga realidad.

Sonrío y digo: “Con amor eterno te amo también y precisamente hoy”.

19.2.07

Sueño.

Cuéntame qué has soñado hoy.
Cuéntame dónde viajaste en esta noche estrellada con tu mente.
Cuéntame las emociones de esta madrugada eterna.

Ayer, cuando anochecía me dijiste adiós.
Buscaste el silencio de la soledad.
Corriste hacia la calma de la oscuridad.

Ayer cuando te marchaste cerré los ojos
y pensé en ti.

Me asomé a la ventana de mi mundo
y reconocí tu sonrisa en las estrellas
que te visitan en el alfeizar de tu noche.
Son las mismas estrellas que tímidas cuentan
los infinitos días que quedan por vivir.
Las mismas estrellas aquí y allá.

Cuéntame qué viste al cerrar los ojos.
Cuéntame cuál fue tu pensamiento dibujado en pinceladas de colores.
Cuéntame las emociones de esta madrugada eterna.

Y al cerrar los ojos el mundo de lo posible renació.
Colores amarillos y dorados se esparcieron sobre el horizonte infinito.
Reflejos de un sol ilusionado estallaban
en estos pequeños cristales tallados.

Ayer cuando te marchaste cerré los ojos
y pensé en ti.

Cuéntame a qué te supo el mar.
Cuéntame si sentiste la brisa de ese sueño.
Cuéntame tus emociones en esta madrugada eterna.

Y aferrados a este sueño infinito pero real
la luna crece cada noche;
las estrellas danzan saltimbanquis y juguetonas;
y el rumor de un bosque que duerme perezoso
me deslumbra en esta noche con su belleza.

Esta noche, una noche más,
quiero soñar.
Soñar y recordar lo soñado.
Y cerrar los ojos para pensar en ti.

30.1.07

La mina.

En la inmensidad de una montaña verde, donde el bosque silba al compás del viento, se refleja el sol lanzando sus rayos sobre el espejo plateado del gélido lago cercano a la cumbre.

Mi mirada se pasea por el horizonte encontrando los brillos de esa belleza que salta por doquier y que generosa me sonríe a cada instante.

La vida recorre cada pedazo de este lienzo pintado con los colores de un arco iris de singulares matices.

El azul limpio del aire, que casi transparente encuadra la luminosidad amarilla del sol en el cenit del firmamento.

El verde húmedo de las praderas, que se mezclan con el colorido de aquellas hojas que todo lo salpican camino de la cumbre.

El rojo de la tierra del camino que sutilmente se pierde en la lejanía.

Toda esta paleta de colores está mezclada con la majestuosidad de un trazo genial de un pintor que ríe a carcajadas, sueña ilusiones y canta la inmensidad de la vida.

Mis pasos me guían por esta espléndida belleza hasta perderme en ella, y en cada rincón de este universo admiro la riqueza de la vida.

De repente, en un ángulo, escondida, casi imperceptible aparece en medio de las piedras la abertura negra de una profundidad desconocida. Es la entrada a una mina, tal vez ahora abandonada.

Camino hacia ella y me adentro unos pasos en su interior. Mis ojos necesitan unos segundos para aclimatarse a la oscuridad. Mi cuerpo siente la fría humedad de unas paredes que sangran lágrimas de agua. Mi olfato me dice que las piedras han sido arañadas. Mi oído escucha el silencio de la nada.

Fuera quedan los colores vivos; la belleza que saltaba ante mis sentimientos. Aquí dentro todo es oscuridad tenue, silencio misterioso y humedad condensada.

Pienso en las riquezas que de la mina fueron cinceladas, con constancia y paciencia; extrayendo a la luz la riqueza de las piedras valiosas.

Pienso en los ríos subterráneos de agua que filtrada dan sustento a aquel lago, espejo de plata de las maravillas del sol.

Pienso en las raíces de esos árboles que se hunden en la tierra hasta alcanzar los minerales de vida que se transforman en savia germinadora.

Pienso en la oscuridad silenciosa de la que brotan los colores vivos que saltimbanquis salpican el paisaje de fuera.
Y comprendo, que de esa quietud; de esa calma profunda; de ese abismo infinito casi escondido en el ángulo perdido de las piedras de la montaña; de esa mina que recorre las entrañas de la vida, se siente presente el gesto del mismo pintor hecho ahora sonrisa delicada; latido de sentimiento ilusionante; y tarareo continuo de una canción musitada en la escondida raíz de la belleza.

12.1.07

Sharif.

En el campamento berebere, los niños sentados junto a la fogata escuchaban los relatos del anciano que noche tras noche iba contando las historias de la tribu nómada.

Llevaban ya tres noches acampados en el oasis de Yusuf, junto al río que aparecía unos kilómetros al sur y desaparecía tan sólo unos centenares de metros al norte, bebido por la sequedad de una arena inmensa. Junto a ese milagro del breve río que nacía de la nada y moría en la nada sin conocer el mar, había surgido un vergel de palmeras y vegetación que húmeda era un cántico a la vida.

El Oasis de Yusuf era por su existencia un cruce de camino en las rutas por el desierto hacia las tierras donde nacían las grandes ciudades donde se comerciaban las especias. Era una parada; un alto en el duro camino por entre las arenas calientes del desierto en el día y el frío de soledad por la noche.

El anciano contaba hoy la historia de Sharif. Los niños con sus ojos marrones brillantes atendían a cada palabra.

Sharif era un joven comerciante que buscaba productos en las lejanas tierras para después traerlos a través del desierto inhóspito hasta las pequeñas poblaciones perdidas tras la inmensidad de las colinas de arena.

Atravesaba continuamente el desierto y conocía sus oasis donde reposaba las penurias del viaje, alimentaba sus camellos de carga y retomaba las fuerzas para vencer los kilómetros de sequedad.

Ávido de nuevas perspectivas y conocimientos buscaba nuevos mercados y nuevas telas y especias que llevar hasta los confines del mundo conocido. Por eso cada vez se adentraba más en lo desconocido. En aquellas semanas había encontrado una nueva población en la orilla del mar y había conocido colores nuevos de una tela brillante que llamaban seda.

Contento por su nuevo hallazgo se disponía a volver a las poblaciones seminómadas para enseñar la novedad que le haría famoso. Con un par de camellos y en soledad se lanzó a conquistar el horizonte inmenso del desierto. Por su afán de acortar distancias y tiempos, se adentró por una ruta nueva con la pretensión de llegar al primer poblado en una semana. Pararía un día en un oasis en la mitad del recorrido.

Por las noches soñaba con la alegría de los niños vestidos con sus nuevas telas suaves y coloridas; pensaba en la belleza de mujeres renovadas por un nuevo manto de vistosidad inusitada. Su pueblo le agradecería eternamente su descubrimiento y abriría nuevas vías comerciales que le reportarían fama, orgullo y dinero.

Pasaron tres días y el oasis no aparecía en el horizonte. Tal vez sus pensamientos le habían ensimismado el corazón y le habían hecho desacelerar el paso. Aligeró la marcha pretendiendo llegar al vergel antes del anochecer. Pero el oasis no apareció ni ese día ni al siguiente.

El agua escaseaba y los alimentos se acababan. Su espíritu se inquietaba por la necesidad de encontrar cuanto antes ese recodo del camino que le diese aliento y vida.

Pasaron otros dos días y no aparecía el pequeño milagro del descanso. Lloró y se lamentó por haber osado a lanzarse a la precipitación.

Llegó la noche y exhausto buscó cobijo en una hondonada de dos colinas de arena. Era el fin y nadie podría disfrutar de su maravilloso descubrimiento de colorido. Abrió los paquetes de telas verdes de una seda maravillosa y los esparció junto a él. Se tumbó y acarició la arena que perdía el calor tórrido del día. Contó cien estrellas y las lágrimas le enturbiaban la visión de una luna resplandeciente en el firmamento. Se tapó mezclado por la seda verde y cerró los ojos. Suspiró, lloró y en la inmensidad de la nada de arena, vencido por el cansancio, durmió y soñó.

Nunca más se volvió a saber de él. Pero cuenta la leyenda que se transformó en piedra y que sus lágrimas se hundieron en la arena. El viento sopló en la noche y esparció en la colina esas telas verdes de seda y la montaña, viéndose reflejada en el espejo plateado de la luna, admiró su nueva belleza. Ese pedazo del desierto, acostumbrado a la soledad de la nada, gozó infinitamente de su nueva cara luminosa y comenzó a llorar de un gozo inmenso. Fue primero una lágrima y después otra hasta formar un torrente que emergía en la ladera de arena. Las telas verdes se humedecieron y con el primer sol de la mañana con la humedad del gozo germinó una flor. Un manto de hierba fresca nació entre la seda.

Pasaron unos días. Las telas se desvanecieron y de Sharif nunca más se supo. Un perdido caminante nómada que se había extraviado, al borde de la extenuación pensó que había llegado su fin porque colina tras colina todo era la misma inmensidad de arena. Pero en un espejismo inusitado vio a los pies de una montaña más un oasis verde lleno de vida. Había encontrado su salvación. Era de un verde húmedo como una inmensa tela de seda. Le pareció el más bello espectáculo de vida y color. Había encontrado su salvación.

Cuenta la leyenda que ese oasis de vida persistirá para siempre, dando belleza y color al desierto infinito. Porque un desierto sin oasis es como un mar sin islas: inmenso pero nada en su esencia. Un río es río porque tiene orillas; un mar es mar porque tiene costas; y un desierto es desierto porque de su sequedad infinita nacen lágrimas de vida que humedecen sus mejillas haciendo nacer vergeles de vida, mantos verdes que nos recuerdan la seda que nos engalana.

5.1.07

Queridos reyes magos.

Queridos reyes magos,

Un año más os escribo para pediros aquello que quisiera…

Sé que tengo mucho y que debo aprender a valorar lo que me sonríe. Pero permitid que un año más os envíe la lista de cosas.

Os pediría luz. Luz y calor. Brillo del sol que caliente mi mundo y belleza de la luna en cada noche de este año nuevo que justo ha comenzado.

Quiero también silencios. Silencio de vida. Sonrisas de las estrellas tiritantes en el cielo de mis sueños.

Quiero también perfumes de flores frescas. Jazmines vivos. Rosas rojas. Quiero sentir la humedad de la hierba.

Quiero sueños maravillosos. Quiero la paz en el mundo. Quiero la locura de un día en el que todo el mundo se sonría mirándose a los ojos.

Quiero soñar despierto. Quiero sentir que sin necesidad de cerrar los ojos tengo delante de mí el sueño más bello y más hermoso.

Quiero ser loco. Loco y atrevido. Atrevido y apasionado. Apasionado y loco. Loco de amor por las sorpresas de la vida.

Quiero querer; y queriendo, sentir que el espacio que piso es un inmenso firmamento. Quiero pisar con mis pies las estrellas brillantes de lo eterno.

Os pido la risa. La risa tonta del que le brillan los ojos. Quiero sentir la humedad de las lágrimas de emociones que se disparan en mis pupilas sorprendidas.

Quiero mirar; mirar y sonreír; sonreír y reír; reír a carcajadas y ver la felicidad realizada delante de mis ojos.

Quiero escuchar una voz amable. Quieren mis tímpanos sentir el abrazo de una palabra sincera.

Quiero saborear el gusto de lo sabroso. Despertar las pupilas gustativas de un arco iris de color.

Quiero un tren eléctrico que recorra los valles y las montañas de una maqueta de cartón piedra. Maquetas que hacen el mundo pequeño y de la pequeñez una belleza.

Quiero un payaso de plástico con cuerpo de tela. Quiero abrazarlo y sentir su mórbida ternura de espuma. Abrazarlo tan fuerte, llegar a su corazón de juguete y sentir su primer latido de vida y su primera sonrisa.

Quiero jugar. Jugar e ilusionarme. Ilusionarme y soñar. Soñar y vivir. Vivir hasta morir de feliz plenitud infinita.

Y hoy, seis de enero, os cuento, que tal vez el año que viene por estas fechas, mi carta será una gratitud por aquello que en una noche de ilusión viví tan cerca y tan dentro.

Este año os pido todo esto y mucho más, con la seguridad de que la próxima será sólo un canto de gracias infinito.