12.1.07

Sharif.

En el campamento berebere, los niños sentados junto a la fogata escuchaban los relatos del anciano que noche tras noche iba contando las historias de la tribu nómada.

Llevaban ya tres noches acampados en el oasis de Yusuf, junto al río que aparecía unos kilómetros al sur y desaparecía tan sólo unos centenares de metros al norte, bebido por la sequedad de una arena inmensa. Junto a ese milagro del breve río que nacía de la nada y moría en la nada sin conocer el mar, había surgido un vergel de palmeras y vegetación que húmeda era un cántico a la vida.

El Oasis de Yusuf era por su existencia un cruce de camino en las rutas por el desierto hacia las tierras donde nacían las grandes ciudades donde se comerciaban las especias. Era una parada; un alto en el duro camino por entre las arenas calientes del desierto en el día y el frío de soledad por la noche.

El anciano contaba hoy la historia de Sharif. Los niños con sus ojos marrones brillantes atendían a cada palabra.

Sharif era un joven comerciante que buscaba productos en las lejanas tierras para después traerlos a través del desierto inhóspito hasta las pequeñas poblaciones perdidas tras la inmensidad de las colinas de arena.

Atravesaba continuamente el desierto y conocía sus oasis donde reposaba las penurias del viaje, alimentaba sus camellos de carga y retomaba las fuerzas para vencer los kilómetros de sequedad.

Ávido de nuevas perspectivas y conocimientos buscaba nuevos mercados y nuevas telas y especias que llevar hasta los confines del mundo conocido. Por eso cada vez se adentraba más en lo desconocido. En aquellas semanas había encontrado una nueva población en la orilla del mar y había conocido colores nuevos de una tela brillante que llamaban seda.

Contento por su nuevo hallazgo se disponía a volver a las poblaciones seminómadas para enseñar la novedad que le haría famoso. Con un par de camellos y en soledad se lanzó a conquistar el horizonte inmenso del desierto. Por su afán de acortar distancias y tiempos, se adentró por una ruta nueva con la pretensión de llegar al primer poblado en una semana. Pararía un día en un oasis en la mitad del recorrido.

Por las noches soñaba con la alegría de los niños vestidos con sus nuevas telas suaves y coloridas; pensaba en la belleza de mujeres renovadas por un nuevo manto de vistosidad inusitada. Su pueblo le agradecería eternamente su descubrimiento y abriría nuevas vías comerciales que le reportarían fama, orgullo y dinero.

Pasaron tres días y el oasis no aparecía en el horizonte. Tal vez sus pensamientos le habían ensimismado el corazón y le habían hecho desacelerar el paso. Aligeró la marcha pretendiendo llegar al vergel antes del anochecer. Pero el oasis no apareció ni ese día ni al siguiente.

El agua escaseaba y los alimentos se acababan. Su espíritu se inquietaba por la necesidad de encontrar cuanto antes ese recodo del camino que le diese aliento y vida.

Pasaron otros dos días y no aparecía el pequeño milagro del descanso. Lloró y se lamentó por haber osado a lanzarse a la precipitación.

Llegó la noche y exhausto buscó cobijo en una hondonada de dos colinas de arena. Era el fin y nadie podría disfrutar de su maravilloso descubrimiento de colorido. Abrió los paquetes de telas verdes de una seda maravillosa y los esparció junto a él. Se tumbó y acarició la arena que perdía el calor tórrido del día. Contó cien estrellas y las lágrimas le enturbiaban la visión de una luna resplandeciente en el firmamento. Se tapó mezclado por la seda verde y cerró los ojos. Suspiró, lloró y en la inmensidad de la nada de arena, vencido por el cansancio, durmió y soñó.

Nunca más se volvió a saber de él. Pero cuenta la leyenda que se transformó en piedra y que sus lágrimas se hundieron en la arena. El viento sopló en la noche y esparció en la colina esas telas verdes de seda y la montaña, viéndose reflejada en el espejo plateado de la luna, admiró su nueva belleza. Ese pedazo del desierto, acostumbrado a la soledad de la nada, gozó infinitamente de su nueva cara luminosa y comenzó a llorar de un gozo inmenso. Fue primero una lágrima y después otra hasta formar un torrente que emergía en la ladera de arena. Las telas verdes se humedecieron y con el primer sol de la mañana con la humedad del gozo germinó una flor. Un manto de hierba fresca nació entre la seda.

Pasaron unos días. Las telas se desvanecieron y de Sharif nunca más se supo. Un perdido caminante nómada que se había extraviado, al borde de la extenuación pensó que había llegado su fin porque colina tras colina todo era la misma inmensidad de arena. Pero en un espejismo inusitado vio a los pies de una montaña más un oasis verde lleno de vida. Había encontrado su salvación. Era de un verde húmedo como una inmensa tela de seda. Le pareció el más bello espectáculo de vida y color. Había encontrado su salvación.

Cuenta la leyenda que ese oasis de vida persistirá para siempre, dando belleza y color al desierto infinito. Porque un desierto sin oasis es como un mar sin islas: inmenso pero nada en su esencia. Un río es río porque tiene orillas; un mar es mar porque tiene costas; y un desierto es desierto porque de su sequedad infinita nacen lágrimas de vida que humedecen sus mejillas haciendo nacer vergeles de vida, mantos verdes que nos recuerdan la seda que nos engalana.

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