Nos acompañan siempre y nos saludan mucho más que los “holas”. Los vemos en el metro, en el autobús, en la persona que nos atiende en el banco, en el carnicero o la frutera. Son a menudo las cartas de presentación de la gente que nos encontramos. Son los bostezos.
Un amigo le cuenta a otro aquella sensación extraña de soledad que siente en su corazón; busca el apoyo de alguien que le quiera; una conversación más trascendente que los resultados de la última jornada de primera división. Y, ¿qué se encuentra enfrente? Un generoso bostezo.
Un inmigrante ha recorrido a pie dos mil kilómetros por la áspera tierra africana hasta ver el mar. Desde allí contempla con esperanza su peculiar tierra prometida. Y tras una noche de viento y frío en un cascarón al que llaman patera llega a una playa. ¿Cuál es el primer saludo en las nuevas tierras? Un bostezo de indiferente acogida.
Nace un nuevo niño; una esperanza a la vida. Es un llanto que el mundo no había oído. Será una nueva historia; un nuevo desafío a lo increíble. En la habitación de al lado muere un viejo. Concluye su camino. Suspira por última vez el aire de la vida. Finaliza su ciclo y su corazón da su última campana, su último latido. Mientras, una enfermera, llevando su carro lleno de apósitos por el pasillo donde la vida saluda y se despide a la vez, instintiva e inconscientemente bosteza aburrida.
Sale el sol entre las nubes y comienza a brillar salpicando de belleza la naturaleza que nos rodea. Impregna el verde de los árboles con unas sensaciones especiales. Cantan los pájaros y el viento mece cada uno de los millares de hojas del bosque en una sinfonía única. Y yo, que corriendo pienso en los avatares de la vida cotidiana, no me sorprendo, sino que cansado lleno ese momento de un tedioso bostezo.
Hemos olvidado el milagro de cada segundo; el reflejo de cada instante; la sinrazón de lo que es único e irrepetible. Hemos olvidado la belleza de cada suceso; el brillo de cada secuencia que salpica nuestra jornada. Hemos olvidado el todo y sucumbimos en la nada.
Nada nos sorprende. Nada nos interesa. Nada nos apasiona. Nada nos ilusiona. Nada nos hace soñar y perdernos en la inmensidad de la existencia.
Perdemos en la monotonía cada milagro de nuestra existencia. Rutinizamos lo que nunca volverá a latir en nuestra vida. Cotidianizamos cada paso de nuestro camino. Caemos en el absurdo de no valorar cada pequeña novedad que nos salpica en el rostro.
Bostezos a la vida.
¿Vivir y soñar? o ¿vivir y bostezar?
Propongo una nueva campaña: un día sin bostezos. Un día en el que nuestros ojos sean como los de un niño pequeño; muy abiertos, muy redondos, impresionados por aquello que en cada esquina nos saluda y nos resulta nuevo.
Un amigo le cuenta a otro aquella sensación extraña de soledad que siente en su corazón; busca el apoyo de alguien que le quiera; una conversación más trascendente que los resultados de la última jornada de primera división. Y, ¿qué se encuentra enfrente? Un generoso bostezo.
Un inmigrante ha recorrido a pie dos mil kilómetros por la áspera tierra africana hasta ver el mar. Desde allí contempla con esperanza su peculiar tierra prometida. Y tras una noche de viento y frío en un cascarón al que llaman patera llega a una playa. ¿Cuál es el primer saludo en las nuevas tierras? Un bostezo de indiferente acogida.
Nace un nuevo niño; una esperanza a la vida. Es un llanto que el mundo no había oído. Será una nueva historia; un nuevo desafío a lo increíble. En la habitación de al lado muere un viejo. Concluye su camino. Suspira por última vez el aire de la vida. Finaliza su ciclo y su corazón da su última campana, su último latido. Mientras, una enfermera, llevando su carro lleno de apósitos por el pasillo donde la vida saluda y se despide a la vez, instintiva e inconscientemente bosteza aburrida.
Sale el sol entre las nubes y comienza a brillar salpicando de belleza la naturaleza que nos rodea. Impregna el verde de los árboles con unas sensaciones especiales. Cantan los pájaros y el viento mece cada uno de los millares de hojas del bosque en una sinfonía única. Y yo, que corriendo pienso en los avatares de la vida cotidiana, no me sorprendo, sino que cansado lleno ese momento de un tedioso bostezo.
Hemos olvidado el milagro de cada segundo; el reflejo de cada instante; la sinrazón de lo que es único e irrepetible. Hemos olvidado la belleza de cada suceso; el brillo de cada secuencia que salpica nuestra jornada. Hemos olvidado el todo y sucumbimos en la nada.
Nada nos sorprende. Nada nos interesa. Nada nos apasiona. Nada nos ilusiona. Nada nos hace soñar y perdernos en la inmensidad de la existencia.
Perdemos en la monotonía cada milagro de nuestra existencia. Rutinizamos lo que nunca volverá a latir en nuestra vida. Cotidianizamos cada paso de nuestro camino. Caemos en el absurdo de no valorar cada pequeña novedad que nos salpica en el rostro.
Bostezos a la vida.
¿Vivir y soñar? o ¿vivir y bostezar?
Propongo una nueva campaña: un día sin bostezos. Un día en el que nuestros ojos sean como los de un niño pequeño; muy abiertos, muy redondos, impresionados por aquello que en cada esquina nos saluda y nos resulta nuevo.
Propongo unas cejas levantadas al son de la melodía de la sorpresa.
Propongo una sonrisa limpia que salude a cada persona que nos hable esta mañana.
Propongo ser conscientes del milagro de cada instante, de la belleza de lo pequeño, del equilibrio inconstante de la vida, de la naturaleza graciosa y juguetona, de los sonidos que invaden nuestros tímpanos, de los colores que trazan pinceladas en la pupila de nuestros ojos, de la lluvia en nuestra cara, de las sensaciones en nuestra alma…
Propongo un día de continua sorpresa; de imaginación desbordada; de ilusión apasionada.
Conectemos nuestros sentidos y vivamos este instante, este segundo irrepetible que tras gozarlo caerá en nuestro recuerdo, en nuestra caja de lo vivido, en el país del “nunca jamás”.
Propongo que vivamos un día, tal vez sólo un día en nuestra vida; pero todo un día entero sin ni tan siquiera un ligero bostezo.
4 comentarios:
pero el bostezo es también compartido. ¿no te han contagiado nunca un bostezo? Hasta en esto compartir es amar o no? Compartimos este gesto que es signo de la vida disfrutada en compañía.
Pero qué rápido!!! Oye, dicho y hecho; anoche me dices que quieres escribir algo sobre el bostezo y fíjate tú que ya lo has escrito!!!! qué campeón.
Haber si los empiezo a leer Jorge, sí ya sé que no tengo perdón.
Pues eso, que fue un placer tomar el cafetillo contigo ayer, gracias.
Un beso grande, hablamos.
Ruth.
bostezar o no bostezar? esa es la cuestión. Aunque como dijo Shakespeare es ¿ser o no ser? Bostezar en este relato tiene ese sentido de no ser, de no darle importancia a lo vivido, a lo que nos rodea. Pero no siempre es asi. A veces bostezar es bueno. Aunque entiendo el sentido que has dado en tu relato a este bostezar. Quizás hoy llego tarde a ese día sin bostezo pero quien sabe quizás mañana. Con bostezo o sin bostezo lo que si tengo claro es que miraré la vida con curiosidad. Y que conste en acta que leí el relato sin bostezar. Ea. Saludos al gusto del consumidor.
Lamento andar puteando, pero he de consignar una realidad inamovible: el bostezo no siempre es síntoma de aburrimiento, sino de sueño, de hambre o, yendo más allá, de que los pulmones necesitan airearse.
Si además se contagian, como bien dice Igor, me parece muy difícil lograr un día sin bostezos, pero sí muy fácil mirar la vida con los ojos que propones.
Eso intentaremos hoy.
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