Eran tiempos de guerra. Un joven tuvo que dejar su trabajo en el pequeño pueblo inglés y partir al continente para defender una historia, una ideología y una manera de vivir.
Detrás quedaba su casa, su trabajo de artesano, su familia, sus paisajes y aquel ser que amaba. Sus cabellos eran rojizos y sus ojos azules. Su sonrisa límpida y su tono de voz cándido. Se llamaba Elisa.
Se habían conocido de siempre, pero en los últimos meses habían intimado y ahora sus vidas discurrían serenas pero rápidas hacia un futuro común.
Hoy, el rumor de las bombas inundaba un nuevo paisaje frío y tosco. Sus pensamientos corrían veloces hacia su Inglaterra y descansaban entre los brazos de su amada. Las ráfagas de metralla silbaban a su alrededor a escasos centímetros de su cabeza. Había visto morir a compañeros que le habían contado sus sueños. Había visto como la tierra se manchaba de sangre y como las cenizas de la muerte invadían los campos que gemían desde sus entrañas.
Esa noche, en la humedad solitaria de la noche, en una calma aparente de silencio, cogió un papel y escribió una carta.
“Te quiero con locura. Sin ti no podría ni respirar. Llenas mi corazón. Apaciguas los sonidos que me rodean. Y tu susurro llega claramente a mi alma. Elisa, volveré a ver el sol amanecer en nuestro acantilado y en uno de esos amaneceres nos casaremos y seremos felices”.
Soñando cerró la carta y la entregó al militar que las juntaba con todas las escritas esa semana, las llevaba a la ciudad más cercana y desde allí los servicios postales las distribuían hasta sus destinos.
Era un sobre amarillento, casi enmohecido por el tiempo. La humedad de sus solapas estaba reseca y sus bordes se despegaban sin esfuerzos. El cartero francés se encontró ese pedazo de papel en un rincón polvoriento tras el armario de distribución. Abandonaban la vieja estafeta para ir a una sucursal nueva recién inaugurada por el alcalde. Había importantes innovaciones tecnológicas que permitirían el tráfico en tiempo record de las cartas. Aquella mañana de enero, recogiendo los últimos archivos y cajas, el armario había cedido y al desplomarse ruidoso en la habitación había dejado el suelo sobre el que había reposado durante años al descubierto y en él ese sobre amarillento que ahora tenía el cartero en sus manos.
Leyó la carta y descubrió que era del lejano 1916 de tiempos de la Gran Guerra. Parecía la declaración de amor de un soldado británico que peleaba en la batalla del Somme. Muchos británicos habían muerto en aquella lucha. El cartero soñó y en sus sueños, como en una película, se preguntó si aquel soldado había muerto en la guerra o si vivo había regresado a su tierra. Se preguntó si su amada le había esperado y habían podido vivir una existencia juntos. Se preguntó cómo sería el fin de esa historia. Y por un momento una duda le asaltó: ¿acaso aquella carta extraviada había cambiado el sentido de dos vidas?
Detrás quedaba su casa, su trabajo de artesano, su familia, sus paisajes y aquel ser que amaba. Sus cabellos eran rojizos y sus ojos azules. Su sonrisa límpida y su tono de voz cándido. Se llamaba Elisa.
Se habían conocido de siempre, pero en los últimos meses habían intimado y ahora sus vidas discurrían serenas pero rápidas hacia un futuro común.
Hoy, el rumor de las bombas inundaba un nuevo paisaje frío y tosco. Sus pensamientos corrían veloces hacia su Inglaterra y descansaban entre los brazos de su amada. Las ráfagas de metralla silbaban a su alrededor a escasos centímetros de su cabeza. Había visto morir a compañeros que le habían contado sus sueños. Había visto como la tierra se manchaba de sangre y como las cenizas de la muerte invadían los campos que gemían desde sus entrañas.
Esa noche, en la humedad solitaria de la noche, en una calma aparente de silencio, cogió un papel y escribió una carta.
“Te quiero con locura. Sin ti no podría ni respirar. Llenas mi corazón. Apaciguas los sonidos que me rodean. Y tu susurro llega claramente a mi alma. Elisa, volveré a ver el sol amanecer en nuestro acantilado y en uno de esos amaneceres nos casaremos y seremos felices”.
Soñando cerró la carta y la entregó al militar que las juntaba con todas las escritas esa semana, las llevaba a la ciudad más cercana y desde allí los servicios postales las distribuían hasta sus destinos.
Era un sobre amarillento, casi enmohecido por el tiempo. La humedad de sus solapas estaba reseca y sus bordes se despegaban sin esfuerzos. El cartero francés se encontró ese pedazo de papel en un rincón polvoriento tras el armario de distribución. Abandonaban la vieja estafeta para ir a una sucursal nueva recién inaugurada por el alcalde. Había importantes innovaciones tecnológicas que permitirían el tráfico en tiempo record de las cartas. Aquella mañana de enero, recogiendo los últimos archivos y cajas, el armario había cedido y al desplomarse ruidoso en la habitación había dejado el suelo sobre el que había reposado durante años al descubierto y en él ese sobre amarillento que ahora tenía el cartero en sus manos.
Leyó la carta y descubrió que era del lejano 1916 de tiempos de la Gran Guerra. Parecía la declaración de amor de un soldado británico que peleaba en la batalla del Somme. Muchos británicos habían muerto en aquella lucha. El cartero soñó y en sus sueños, como en una película, se preguntó si aquel soldado había muerto en la guerra o si vivo había regresado a su tierra. Se preguntó si su amada le había esperado y habían podido vivir una existencia juntos. Se preguntó cómo sería el fin de esa historia. Y por un momento una duda le asaltó: ¿acaso aquella carta extraviada había cambiado el sentido de dos vidas?
En el sobre amarillento se dibujaba claramente todavía una dirección de Inglaterra. Volvió la carta y en el reverso escribió una frase. Dejó la carta en el montón de la correspondencia diaria y abandonó la oficina. Mañana su lugar de trabajo sería ya nuevo.
Tres días más tarde, otro cartero golpeó la puerta de madera vieja de una casa en una población cercana a Londres. Una anciana caminó despacio y abrió la puerta. El cartero le ofreció la carta; una carta amarillenta y descuidada. La anciana se preguntó quién le escribiría desde Francia. Se tumbó en el sofá de la sala de estar junto al fuego, buscó sus gafas de lectura y abrió el sobre. Leyó cada línea y necesitó unos segundos de eternidad para entender qué sucedía.
Aquel soldado volvió de la guerra. Elisa le esperaba y una mañana soleada de primavera se habían casado en la pequeña iglesia del pueblo. Retomó su taller y la vida siguió su curso. Nació Teresa, la niña de su vida. Tenía la misma mirada de su madre y sus cabellos aterciopelados. Pasaron los años, otra guerra, muchos acontecimientos, alegrías y penas.
Aquel soldado murió de viejo, un par de años después de su mujer. Su hija Teresa era ahora aquella anciana que sentada en su sofá leía de nuevo una historia narrada infinitas veces en su infancia. Aquella historia de amor que su padre le contaba siendo niña para que durmiese tranquila se veía convertida ahora en realidad palpable de una hoja amarillenta manchada por la letra temblorosa de un soldado que soñaba con el amor. Su amor se realizó y se vivió; y lejos de consumirse, había perdurado en el latir del corazón su hija Teresa.
La anciana dobló el papel y descubrió una frase más reciente escrita al dorso de la carta. Sorprendida volvió a acomodarse sus gafas y leyó. “Sé que voy muy mal de tiempo; pero espero que sea lo suficientemente pronto para no llegar demasiado tarde”. Era la frase escrita por el cartero francés la semana anterior.
Una lágrima se escapó de sus ojos azules, se acarició su pelo rojizo y musitó en un suspiro de felicidad: “No. No has llegado tarde. Has llegado justo a tiempo”.
Desde la otra habitación se escucharon pasos acelerados. Una niña con el cabello pelirrojo y los mofletes colorados corría alegremente. “¿Quién era abuela?”
Y Teresa, con una dulce sonrisa, le dijo: “Ven aquí Elisa, que te voy a contar una historia”.
4 comentarios:
MAGISTRAL!!!! Felicidades por este 99 relato, ¿el próximo ya el 100? Qué monstruo eres, y no de feo, JE JE JE JE. Un saludo
Enhorabuena Jorge. Me ha llegado dentro. Hoy me he levantado con el pie izquierdo y este nenorrelato me ha hecho sonreir por primera vez en el día. Gracias. Que pases buen día. Víctor.
Grande...
Merece los 4 minutos de placer y un segundo de eternidad
Aunque no lo necesitas... me encanta verte provocado por una frase.
Siempre es un placer leerte.
Precioso. De los que más me han gustado.
Hasta pronto.
Txemi
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