4.3.07

Érase una vez.


Érase una vez un mundo feliz; un mundo donde nadie pasaba hambre; un mundo donde la injusticia no existía; no existían las falsedades, ni las diferencias estúpidas.

Érase una vez un mundo donde el color importaba y mucho. No existía el hombre blanco, ni el hombre negro; sino que todo era de pinceladas de colores vivos que reflejaban la belleza de un sol sobre las cabezas de una única humanidad.

Érase una vez un mundo donde el ruido más estridente era el sonido de un violín que se estremecía de sensaciones junto al acantilado del atardecer. Los jilgueros cantaban las melodías de la vida. Los árboles bailaban al compás del viento. Y el corazón latía ruidoso en el interior de cada cuerpo.

Érase una vez un mundo de sensaciones vivas. Un mundo de locuras hechas realidad; de sueños soñados y esculpidos en la pizarra de esta noche pasada.

Érase una vez un mundo que sonreía entre dos milagros cada día: un amanecer espléndido y novedoso; y un atardecer nostálgico y lleno de romántico misterio. Entre estos dos milagros surgían sorpresas continuas como un “hola”, una sonrisa, un “voy contigo” o un “te quiero”.

Érase una vez un mundo en el que el castillo de arena de la playa se desdibujaba al recibir en sus entrañas las caricias de una ola salada. La arena se deshacía y se mezclaba en la inmensidad infinita de un mar eterno.

Érase una vez un mundo donde los cuentos eran realidades. Alicia ya no soñaba, sino que describía mostrando su país de las maravillas. Hansel contaba a Grétel lo increíble que es el sabor de una casa de chocolate mientras se acercaban golosos al alfeizar de la ventana. Caperucita corría con sus ilusiones a visitar a una abuela impaciente por acariciar entre sus dedos la ternura de la infancia. Pulgarcito dormía acomodado en su caja de cerillas soñando con la grandeza del fuego. Cenicienta brillaba de belleza como lo hacen sus zapatos de cristal cuando les da el sol y escuchaba las doce campanadas no de una medianoche de fiesta, sino de un mediodía de vida. Blancanieves compartía sus ilusiones con la sencillez de lo pequeño.

Érase una vez un mundo donde los príncipes no eran sólo azules, sino de colores diversos. Las ranas saltaban orgullosas enseñando el valor de una mirada intensa. El lobo aullaba para que las montañas devolviesen el eco de su alegría. Las casas ya no eran de paja o de madera, sino de un ladrillo cocido nacido de la tierra. En los restaurantes siempre había un menú donde se ofrecían perdices. Érase una vez un mundo donde todos eran felices.

Érase una vez un mundo donde lo soñado era real; lo deseado estaba ahí delante; lo anhelado se degustaba; y lo compartido se multiplicaba por dos.

Érase una vez un mundo así. Se llamaba “Planeta Tierra”; y es el mundo que está tras nuestra ventana.

Hoy me he levantado, he abierto esta ventana, he visto renacer el sol, he sonreído y he pensado: “¿Por qué no conseguimos verlo y gozarlo, si está ahí, puntual, como cada mañana?”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

como decías en un nanorrelato anterior ¿Por qué no? tenemos que levantarnos cada mañana y ver que lo que hay fuera se puede cambiar, se puede transformar. Qué gozada sería vivir cada uno y cada una en nuestro país de las maravillas. Gracias por este nuevo pensamiento compartido

Anónimo dijo...

Está claro que s un mundo en el que me quedaría fuera, ya que es "un mundo en le que los colores importaban mucho" y los principes eran "de colores diversos".