En la inmensidad de una montaña verde, donde el bosque silba al compás del viento, se refleja el sol lanzando sus rayos sobre el espejo plateado del gélido lago cercano a la cumbre.
Mi mirada se pasea por el horizonte encontrando los brillos de esa belleza que salta por doquier y que generosa me sonríe a cada instante.
La vida recorre cada pedazo de este lienzo pintado con los colores de un arco iris de singulares matices.
El azul limpio del aire, que casi transparente encuadra la luminosidad amarilla del sol en el cenit del firmamento.
El verde húmedo de las praderas, que se mezclan con el colorido de aquellas hojas que todo lo salpican camino de la cumbre.
El rojo de la tierra del camino que sutilmente se pierde en la lejanía.
Toda esta paleta de colores está mezclada con la majestuosidad de un trazo genial de un pintor que ríe a carcajadas, sueña ilusiones y canta la inmensidad de la vida.
Mis pasos me guían por esta espléndida belleza hasta perderme en ella, y en cada rincón de este universo admiro la riqueza de la vida.
De repente, en un ángulo, escondida, casi imperceptible aparece en medio de las piedras la abertura negra de una profundidad desconocida. Es la entrada a una mina, tal vez ahora abandonada.
Camino hacia ella y me adentro unos pasos en su interior. Mis ojos necesitan unos segundos para aclimatarse a la oscuridad. Mi cuerpo siente la fría humedad de unas paredes que sangran lágrimas de agua. Mi olfato me dice que las piedras han sido arañadas. Mi oído escucha el silencio de la nada.
Fuera quedan los colores vivos; la belleza que saltaba ante mis sentimientos. Aquí dentro todo es oscuridad tenue, silencio misterioso y humedad condensada.
Pienso en las riquezas que de la mina fueron cinceladas, con constancia y paciencia; extrayendo a la luz la riqueza de las piedras valiosas.
Pienso en los ríos subterráneos de agua que filtrada dan sustento a aquel lago, espejo de plata de las maravillas del sol.
Pienso en las raíces de esos árboles que se hunden en la tierra hasta alcanzar los minerales de vida que se transforman en savia germinadora.
Pienso en la oscuridad silenciosa de la que brotan los colores vivos que saltimbanquis salpican el paisaje de fuera.
Mi mirada se pasea por el horizonte encontrando los brillos de esa belleza que salta por doquier y que generosa me sonríe a cada instante.
La vida recorre cada pedazo de este lienzo pintado con los colores de un arco iris de singulares matices.
El azul limpio del aire, que casi transparente encuadra la luminosidad amarilla del sol en el cenit del firmamento.
El verde húmedo de las praderas, que se mezclan con el colorido de aquellas hojas que todo lo salpican camino de la cumbre.
El rojo de la tierra del camino que sutilmente se pierde en la lejanía.
Toda esta paleta de colores está mezclada con la majestuosidad de un trazo genial de un pintor que ríe a carcajadas, sueña ilusiones y canta la inmensidad de la vida.
Mis pasos me guían por esta espléndida belleza hasta perderme en ella, y en cada rincón de este universo admiro la riqueza de la vida.
De repente, en un ángulo, escondida, casi imperceptible aparece en medio de las piedras la abertura negra de una profundidad desconocida. Es la entrada a una mina, tal vez ahora abandonada.
Camino hacia ella y me adentro unos pasos en su interior. Mis ojos necesitan unos segundos para aclimatarse a la oscuridad. Mi cuerpo siente la fría humedad de unas paredes que sangran lágrimas de agua. Mi olfato me dice que las piedras han sido arañadas. Mi oído escucha el silencio de la nada.
Fuera quedan los colores vivos; la belleza que saltaba ante mis sentimientos. Aquí dentro todo es oscuridad tenue, silencio misterioso y humedad condensada.
Pienso en las riquezas que de la mina fueron cinceladas, con constancia y paciencia; extrayendo a la luz la riqueza de las piedras valiosas.
Pienso en los ríos subterráneos de agua que filtrada dan sustento a aquel lago, espejo de plata de las maravillas del sol.
Pienso en las raíces de esos árboles que se hunden en la tierra hasta alcanzar los minerales de vida que se transforman en savia germinadora.
Pienso en la oscuridad silenciosa de la que brotan los colores vivos que saltimbanquis salpican el paisaje de fuera.
Y comprendo, que de esa quietud; de esa calma profunda; de ese abismo infinito casi escondido en el ángulo perdido de las piedras de la montaña; de esa mina que recorre las entrañas de la vida, se siente presente el gesto del mismo pintor hecho ahora sonrisa delicada; latido de sentimiento ilusionante; y tarareo continuo de una canción musitada en la escondida raíz de la belleza.